Como adelantaban en Entrenómadas – (en un post que me ha hecho acordarme de aquellas crónicas antiguas de época, ja, ja, me encanta leerlas en viejos periódicos; los blogs recuperan perdidas tradiciones -es broma:-) chicas, un post guapísimo y lleno de cariño, lo sé; besos) - dentro de una horas salimos para Sicilia y Nápoles.
Hay lugares con los que participamos de idéntica genética histórica y cultural. Italia es sin duda uno de ellos. Alguien me dijo ayer, por ejemplo, que los sicilianos parecen más españoles que italianos. Veremos a ver. De momento comparto con las gentes de allá la melancolía de la Magna Grecia, o la desolación de Pompeya y Herculano, junto con la curiosidad por su historia, y también algunos momentos en que el pasado colocó a aquella tierra y a la mía bajo un mismo gorro político. Comparto también mi reconocimiento por textos como El gatopardo o las obras de Pirandello, y ya he encontrado en este viaje algunas cosas nuevas, como un libro sobre Sicilia de Ismael Grasa que me ha prestado la nómada Marta Navarro - tan atenta siempre a todo-, o la poesía del premio nobel Salvatore Quasimodo, que no conocía. Me voy con algunas guías y algunos libros de estos autores italianos para zambullirme en ellos en su terreno, si el viaje lo permite, que hay mucho que ver y que preguntar y que disfrutar. Son pocos días. No creo que podamos actualizar el blog. Así que dejo un fragmento de El gatopardo, la película que dirigió Visconti –a mí casi me gusta más que la novela-, en el que se recoge uno de los leitmotiv del discursos interno de Lampedusa en la narración.
Y cuelgo también un poema recién descubierto de Quasimodo, cuyo apellido mi word se empeña en escribir con “c”. El poema es del libro "La tierra incomparable".
DE LA NATURALEZA DEFORME
De la naturaleza deforme la hoja simétrica escapa, el ancla ya no la sostiene. Ya invierno, no invierno, con una hoguera humea al lado del Naviglio. Alguien puede traicionar ese fuego nocturno, puede negar por tres veces la tierra. Qué fuerte es la relación, si aquí, desde hace años, qué años, contemplas las sucias estrellas flotando en los canales sin repugnancia, si amas a alguien de la tierra, si cruje la madera fresca y arde la geometría de la hoja rugosa calentándote.
A pesar del título del post anterior, hay que alegrarse de que alguna vez el sistema incorpore nuevas actuaciones que suplen carencias anteriores y reconducen situaciones injustas. En el sistema de salud aragonés no existía ningún tipo de atención odontológica que pudiera ocuparse de los niños con discapacidad, muchos de los cuales presentan una problemática específica.
En el caso de Daniel, ya hace tiempo que tuvimos que andar entre la Unidad de Maxilofacial del Hospital Miguel Servet, algún dentista amigo que echaba una mano como podía, y así íbamos atendiendo las peculiaridades de su desarrollo dental. El año pasado el Salud (el organismo de asistencia sanitaria en esta Comunidad Autónoma) puso en marcha el programa de atención bucodental pediátrico. Comunicamos convenientemente que no podíamos acceder al programa, porque en la lista de odontopediatras no existía ninguno especializado en niños con problemas causados por una discapacidad.
La cosa volvió a repetirse a comienzos de este año. Pero finalmente, ya en la primavera avisaron a los padres de Daniel de que se iba a poner en marcha una unidad específica y de que llamarían para ir a la consulta. Daniel ya fue en julio. La unidad se ha credo en el Hospital San Juan de Dios de Zaragoza, con el que el Salud ha firmado un convenio. Hay que tener en cuenta que uno de los centros más avanzados en el tratamiento de las discapacidades infantiles, en concreto de la parálisis cerebral, es el Hospital San Juan de Dios de Barcelona, y allí ya existe desde hace tiempo una unidad especializada de estas características.
Por si a alguien le puede interesar, la nota de prensa que ha emitido el Salud aragonés, con motivo de la presentación oficial de esta unidad especializada, indica que la derivación del niño hacia ella la deberá hacer el pediatra o un dentista, con un informe de Pediatría.
Ah! Por cierto, a Daniel le está saliendo ya su primer diente de mayor. Otros tres de pequeñajo están así, así.
Me gustaría que los que no hayáis pasado todavía por allí leáis el post de LaMima. Ella explica muy bien algunas cuestiones en torno a la necesidad de no dejar pasar por alto situaciones incorrectas que se dan en la educación en integración. Sus razonamientos personales son inapelables.
Por cierto, hoy hemos sabido que en el colegio de Daniel, -educación especial- durante estos quince días primeros, no ha habido más que una fisioterapeuta. Normalmente son dos. Este año tiene que venir una persona nueva a una de esas plazas. Y no llega hasta mañana. Así que los niños prácticamente no han tenido fisioterapia en estos primeros días. La profesional –muy competente, de verdad-, que ha estado incorporada desde el principio no habrá podido dedicar a cada uno más que un ratito en todos estos días. Aunque la fisioterapia es fundamental para estos niños. Y aunque el colegio es un centro con muchas garantías, de verdad otra vez. No lo digo por decir.
Pero, en fin, a esta situación no le cabe más que un nombre: i-m-p-r-e-v-i-s-i-o-n. Y posiblemente se deriva del sistema de adjudicación de plazas, que no se cierra hasta septiembre y que evidentemente genera una preocupante problemática. Más en casos como éstos.
Es uno de estos juegos internáuticos que van rodando y rodando.
Son divertidos y amables.
Así que bueno, aunque cuando me siento en alguna terraza a dejar pasar el tiempo siempre me digo que los humanos somos en general bastante feotes, hay muchas excepciones, tantas como cada uno de nosotros, aunque sea en un cachito: esa oreja pegadita, el hoyuelo de aquel otro, esa rápida sonrisa, unos dedos contorneados del pie que asoma bajo la arena, la linea de un muslo casi perfecta contra la ropa y el viento, un culo bien hecho que tiene vida propia.., en fin, todos tenemos algo, seguro.
Claro que algunos, lo tienen casi todo.
El lo sigue teniendo a pesar del tiempo. Paul Newman sigue siendo guapo. Y aunque en esta foto está muy serio, sus ojos... y esa cabeza... Imaginad que sonríe ahora. De lo demás, no hablo. Hay una buena colección de fotos en Internet en todas sus edades y María Manuela ha colgado una fantástica. Atreveos.
Bueno, esta mujer no es un chico, claro. ¡Qué va a serlo! Pero no me he resistido a pegar su foto aquí porque la creo un ejemplar único del género humano. Ava Gardner era hermosísima. No hay apelación posible. Pondría a algunas más como representantes femeninas de la belleza, la sensualidad. Pero dejemosla a ella sola como resumen de todas nosotras, :):).
De niña veía sus peliculas y me entraba así como una cosa. De niña jugaba a imaginar continuación a las historias que veía en televisión, a las películas. Si había chico, y en casi todas, había, siempre tenía la cara de Tyrone Power. Como "el Zorro" me parecía irresistible.
Jeff Bridges me gusta, pero además me cae simpático. Parece no importarle ahora mucho su aspecto físico, pero yo os aseguro que en "Los fabulosos Baker Boys", mientras se camelaba a base de ser un chico malo a Michelle Pfeiffer, que no le queda a la zaga, era impresionante (39 escaloneeeeeeessss.... ¿un postecito, qué tal?)
Y para terminar dos latinos. O casi.
Leonardo Sbaraglia, ¡por dios!. Es guapo y real. Recientemente vi una serie de televisión bastante petardo, que no recuerdo cómo se llamaba, donde él salía. La serie era una de tantas. L.S. para nada. La veía por lo que la veía.
De jovencito, no me gustaba nada, nada, nada Miguel Bosé. Empezó a crecer, digamos. Y todo cambió. Soy friki irreductible. Y aunque parezca raro, no soy la única. Y además, cumplimos, él y yo, años el mismo día (el es más viejo, sí).
Y habría más, claro: James Dean, ¡¡¡Marlón Brando!!!! , en sus buenos tiempos, Robert Redford... en fin, pilarín.
Si alguién más se anima a continuar con la galería festiva...
Siempre me ha gustado muchísimo el teatro. Mejor diré que me fascina, creo. Así que hoy me quedo con dos notas en torno a ese mundo.
Una, triste, es el fallecimiento de gran gran gran Marcel Marceau. El arte del mimo es una disciplina dificilísima. Admirable. El dominio del cuerpo y de la mente que conlleva implica un viaje a lo esencial muy complicado. Marcel Marceau lo consiguió. Verle en acción era acceder a una multidimensionalidad de la expresión que parecía salir de la nada. El gesto como comunicación esencial. De eso se nutre el mimo y Marceau era sobrio y profundo como un árbol movido por el viento.
La segunda nota es divertida, al mismo tiempo que induce a algunas suculentas reflexiones. Se refiere a un artículo que publica hoy Mario Vargas Llosa en la edición impresa de El País (solamente). Se titula “Dickens en escena”. Es imposible resumirlo. Sólo contaré que habla de la capacidad histriónica del autor de “David Copperfield”, que se pasó 17 años recorriendo escenarios y “representando” sobre ellos sus textos. Dickens se empeñó en esta actividad actoral en contra de la opinión de sus hijos, editores, amigos y colaboradores. No sólo por motivos económicos –que también, al parecer -, sino porque tenía grandes dotes interpretativas y actuar le encantaba. Explica Vargas Llosa:
“Hay una deliciosa anécdota que cuenta su hija Mamie que, un día, dormitando en el sofá, espiaba con los ojos semicerrados cómo escribía su padre. Advirtió, de pronto, que a la vez que hacía correr la pluma sobre el papel, hacía muecas, gestos y mascullaba frases entre dientes, mimando aquello que contaba. En una de esas, lo vio ponerse de pie y correr a un espejo de la habitación y, contemplándose en él, enfrascarse un momento en una delirante representación en la que hacía morisquetas, guiños y caras, como midiendo las expresiones que quería escribir. Y lo vio, con el mismo ímpetu, regresar a su escritorio y seguir escribiendo. Su padre escribía actuando. No es raro, por eso, que, en una de sus cartas, Dickens afirmara: Todo escritor de ficciones escribe para el escenario. Por lo menos no hay duda de que él lo hacía”.
Cuenta Vargas Llosa que hay evidencias de que el autor inglés no se limitaba a narrar sus textos, con más o menos gesticulación. Los adaptaba, construyendo auténticos guiones para las tablas en los que iba introduciendo elementos nuevos, y los representaba como un verdadero actor. Lástima no tener imágenes en movimiento de aquel “monologuista” de lujo.
La “desalmada” María Manuela le ha dedicado un precioso post a la novela “Pan de oro”. Soy absolutamente sincera si digo que sus reflexiones me han emocionado de verás. Cosas tan preciadas como este post, o el que también escribió Lamima hace un tiempo, son las que te devuelve la gente que lee lo que una escribe. Y los amigos, claro. María Manuela, que leyó "Pan de oro" en un pueblo de la montaña oscense, no demasiado lejos de Jaca, uno de los escenarios de la novela, dice en un momento de su comentario:
“La viuda, con esta mujer me dio por llorar. Aquella noche en el porche de mi cabaña había tormenta y yo leía acurrucada en una manta y lloraba...”
Como autora de ese libro que MM leía en este momento, ¿qué más puedo pedir?
A pesar de los años de enfermedad, sé que Consuelo todavía es ella. Lo sé porque aún es capaz de decir su nombre sin dubitación y porque se reconoce en él. Y lo sé porque sus ojos todavía tienen la misma mirada de siempre. También lo sé porque esa mirada se ilumina siempre cuando nos ve a su hijo y a mí, y porque todavía nos reconoce. Somos uno de los últimos vínculos que le atan a su vida. Casi todo lo demás se ha esfumado. Pero, a menudo, se abren de repente ventanas, como ráfagas de luz en medio de la oscuridad, y surge una referencia a la realidad, presente o pasada: como cuando le llamó, de repente, al verla un día, “pequeña flor” a otra de sus nueras; ese apelativo era el que empleaba ella para llamarla al principio de su relación. A veces intentamos que esa ráfaga dure. Pero la ventana se cierra de nuevo inmediatamente y aquella breve realidad desaparece, sumida no se sabe dónde. Así que lo más importante es el contacto, la expresión de sentimientos, de sensaciones. Como lo es para un niño pequeño.
*Hoy se conmemora el Día Internacional del Alzheimer.
Como siempre, gracias mil a todos los colaboradores por su generosidad y trabajo, y en especial a nuestro huésped en el ciberespacio, Javier Mendivil, el webmaster de la ya legendaria web Aragoneria.
El contenido de este nuevo número es el siguiente:
- “Los chicos están bien”. I Semana de Poesía Última. Manuel Vilas. (Poesía y ensayo) - “Relato en blanco y negro”. Roberto Malo. Ilustrado por Chema Lera. (Relato) - “El retrato”. Mónica Maud (Relato) - “Second life”. Luisa Miñana. Ilustrado por Chema Lera. (Relato) - “Son música”. Fernando Sarría y Miguel Angel Latorre. (Fotopoemas) - “Ostraka”. Anónimo. Fotografías de Miguel Angel Latorre, Jesús Chueca y Pedro A. Martín. (Poesía) - Sobrenombres nº 9. Dedicado a “José Luis Borau” y “El cine en Zaragoza”. Alfredo Moreno. (Ensayo) - “Lo visto”. Carlos Manzano (Fotografía) - “Voladuras”. Chema Lera. (Microrrelato gráfico) - “Viaje a Birmania”. Marisa Lamarca (Relato ilustrado de viaje) - “La muerte de Héctor”. Rafa Lobarte (Ensayo) - “Cabeza”. Miguel Latorre (Escultura) - “Nuestras palabras”. La sección de Marisa Lamarca - “Libros en Aragón”: reseñas sobre La marea del tiempo, de Raúl Carlos Maicas, “La victoria del heno” de Marta Navarro y el catálogo de la exposición “El ojo que todo lo ve” - “Nuevas Miradas”, dibujos del niño Alberto Mestre
Este año parece que Daniel ha empezado las clases con ganas. Teníamos un poco de miedo, porque su grupo ya es el segundo año que, por diversas razones (interinidades - que afortunadamente para los niños se alargan años-, y bajas laborales), cambia de profesora. Y Daniel es bastante tímido y desconfiado al principio de entablar conocimiento con las personas. Pero parece que la cosa va bien. Daniel se va mostrando como es y eso es buena señal.
El primer día, la nueva profesora –con plaza definitiva, por fin- puso una nota en el “cuaderno de ida y vuelta” en la que contaba que Danielón se había portado muy bien ese primer día. El que mejor de su grupo. Nos sorprendió. ¡Se ha vuelto formal! ¡No puede ser! Incluso puso en el cuaderno que le había hecho caso todo el rato. ¡Obediente a la primera! Será para despistar. Será para hacerle la pelota y que lo coja de enchufado. Concluimos después. Y algo de ello debía de haber. ..
El tercer día la profesora ya se dio cuenta de que Daniel hasta la hora del almuerzo “no era persona”. De que pretender trabajar seriamente con él al principio de la mañana es como darse contra una pared de ladrillos. “He preguntado reiteradamente en la asamblea de apertura de clase si había venido Daniel hoy y ni ha contestado”, anotó la “profa”. “Daniel se corporizó por fin después del “petisuis” de media mañana”. “¡Ya…!” Contesto su madre en su nota para el día siguiente. Van conociéndose, nos dijimos. Esto marcha.
Y sí que parece que marcha. Daniel es, ya digo, muy tímido. Así que no es fácil que suelte sus chapurreos ni sus intentos de vocalización ante cualquiera. Pero en la comunicación de ayer la profesora contaba que se había pasado toda la mañana vocalizando sin parar. Y que a ella le había dado mucha rabia no entenderle. ¡Bien, dijimos en conversación telefónica su madre y yo! Aunque claro, comentó la sagaz madre de mi sobrino, es posible que no le haya entendido porque haya estado chapurreando en inglés: “mañana le mando al niño con subtítulos”. Así que en la nota de hoy desde casa al colegio habrá dicho algo así como. “¡Al loro!, Daniel dice, con gran esfuerzo físico, de corrido las vocales en castellano, pero los números los cuenta en inglés”.
Este ejercicio de vocalización es muy importante este año. Hay que trabajar en ello mucho, estimularle todo lo que se pueda. No se trata sólo de hablar, se trata también de masticar. Hablar y masticar forman parte de un mismo proceso. Así que ésta es una nueva asignatura en este curso de su “educación especial”. Uno de los objetivos para todos (tanto en el colegio como en casa) va a ser ése, que Daniel intente adquirir los movimientos reflejos necesarios para la masticación y avance en sus aptitudes fonéticas. Hasta ahora el peque sigue comiendo triturados (eso sí, muy consistentes y con ingredientes para auténtico gourmet). Pero ya es hora de intentar avanzar. Si algo se consigue no será una tarea a corto plazo. Llevará años. Y posiblemente no tendrá un resultado al cien por cien. Pero todo eso no se piensa de antemano. A priori sólo se piensa en trabajar, en el camino a recorrer, paso a paso. Sea cual sea el resultado final. Seguro que algo aprenderemos. De momento, hemos empezado con “chuches blanditas” y le "pirran”.
Escultura de robot, construida con material reciclado por Gordon Benett
Tengo unos pendientes con forma de robot que me gustan mucho. Son “molones”, la verdad. Los llevo puestos hoy, porque me combinan muy bien con el color verde del jersey pre-otoñal que he tenido que encajarme esta mañana, dados los escasos 11 grados de temperatura, con un poco de aire del norte, además. Estos pendientes tienen un defecto. A uno de los robots le falta una pierna. Se le perdió. Pero a mi me siguen gustando. Hacía días que no me los ponía, porque parece que no queda bien llevar un pendiente roto. Pero he pensado que eso es una tontería. Y más tratándose de un robot cojo. O qué. No seré yo quien discrimine al pendiente.
Los organizadores del I Encuentro de Literatura Digital "Interliteral", que se celebra en Jaén los días 20 y 21 de septiembre, anuncian de este modo, a través del correo electrónico, la inauguración del mismo:
Inauguración oficial del I Encuentro de Literatura digital "Interliteral"
Jaén será, durante los días 20 y 21 de septiembre, centro mundial de la Literatura digital
El próximo jueves día 20 de septiembre a las 10.00 horas de la mañana se inaugurará en la Biblioteca Provincial de Jaén el I Encuentro de Literatura Digital "Interliteral" (http://www.interliteral.com/). La inauguración correrá a cargo de la Directora General del Libro y del Patrimonio Bibliográfico y Documental de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Rafaela Valenzuela, que dará paso al desarrollo del Encuentro.
A las 11.00 horas intervendrá el escritor Santiago Roncagliolo que, con su conferencia "Historia de un blog", dará posteriormente paso a la profesora Laura Borrás, que presentará su ponencia "La literatura digital: una realidad, sin mitos".
La evolución de las jornadas se podrá seguir, al parecer, en el blog de Interliteral, ubicado en la propia página web del Encuentro. Los organizadores ya han adelantado ahí el comienzo de las primeras intervenciones.
Se cumplen cincuenta años de la publicación de “On the road” de Jack Kerouac. Manuel Vicent hablaba ayer, en su columna dominical de la contraportada de El País, de los jóvenes beatniks americanos, que tuvieron en aquella novela su biblia. El texto de Vicent es excelente; me ha gustado mucho, como evocación y testimonio directo de la vida de aquellos jóvenes estadounidenses “libres y descoyuntados, metidos en la tarea de improvisar su existencia, de estar en todas partes y en ninguna”.
Pero no estoy muy de acuerdo con su “optimismo final”. Dice Vicent que aquellos beatniks fueron quienes “convirtieron en filosofía, hace 50 años, esta locura en que se agita todavía el mundo: vivir consiste sólo en huir detrás de un sueño hasta reventar”. Tengo la sensación de que en el mundo de hoy ya no quedan muchos sueños, y si alguno queda pocos corren detrás de él. Y nadie está dispuesto a reventar por él. Salvando las honrosas – y a lo mejor numerosas- excepciones que una siempre debe considerar, miro a mi alrededor y no encuentro muchos jóvenes dispuestos a “inventarse a sí mismos todos los días a la salida del sol”. Eso no encajaría con que, por ejemplo, el 65% de los universitarios españoles prefieran ser funcionarios.
(Rectifico: si hay algunos dispuestos a reventar por un sueño: los jóvenes y los niños que llegan a Europa en pateras y cayucos).
El aniversario lleva días anunciándose en todos los medios de comunicación.
Hace bastantes años compré, ya digitalizada, una grabación de "Tosca", realizada en directo en el Covent Garden (24 de enero de 1964). Es una grabación un tanto peculiar, con bastantes defectos de sonido, creo que algún sobresalto extraño y toda la nostalgia de una grabación irreptible. A mi me gusta mucho, sin embargo, precisamente por todo ello. Acompañaban a María Callas, entre todo el reparto, Renato Cioni en el papel de Mario Cavaradossi y Tito Gobbi, considerado uno de los mejores barítonos del siglo XX, en el papel de Scarpia. Buscando un vídeo que enseñaros en el día de hoy (hay tantos y tantos de María Callas circulando en internet) he encontrado unos cuantos que parecen corresponder a alguna de las representaciones del Covent Garden; me gustaría pensar que a la misma que yo conservo en cd. Os dejo con el "Vissi d´arte" del segundo acto:
La voz de María Callas es la voz lírica femenina que siempre más me ha gustado. Sé que hay otras indudablemente hermosas, seguramente igual de hermosas que la suya. Sé que hay cantantes de ópera formidables (y diría unas cuantas, aunque no soy experta). Pero, como a muchos, la voz de María Callas es la que más me conmueve. Y ya sabéis que es también una de las preferidas de Daniel, que puede pasarse largos ratos escuchándola atentamente. Así que, aunque no me gustan mucho los aniversarios, no he podido resistirme.
Este es un poema de Manuel Vilas (desde aquí le pido permiso para reproducirlo):
El joven traductor de Horacio
Yo quisiera ser otra vez aquel joven Ávido de una traducción latina, de unos deberes escolares. La mañana del sábado, de nueve a dos, así la pasa, Pegado a diccionario, gramática y clásica retórica. Contento de sus hallazgos, donde el mundo antiguo -República, crímenes, ejércitos, esclavos- Ve resplandecer y de su presente permanece ignorante, ajeno.
Quisiera que mi ambición volviera a ser la misma. Quisiera que diccionario, versos romanos de enmarañados Mitos y prosodia, fueran el gran tesoro azul de mi esperanza, Como lo eran entonces, de mi alegría secreta y de mi descubrimiento.
Oh, descubrimientos particulares del joven en el latín inmerso, Tan ajeno a la cólera de los hombres vivos, Tan sabio en su hermosa ignorancia, sobre una mesa camilla, Mientras la madre realiza las faenas de la casa y pone ya La mesa y se oye la llave del padre en la puerta que regresa, Y el joven va puliendo, en trance no menor de vida y poesía, El significado de los versos y la ley que los fundara Que confiará a su preceptor el lunes, con la sonrisa de quien sabe, Con la devoción ardiendo y la ambición encadenada.
Cuando leí este poema recuperé en un chispazo imágenes y sensaciones de antaño. Cambiaría muy pocos detalles. Acaso Horacio por Virgilio, preferentemente. Pero eso es lo de menos. Hoy he vuelto a él y os lo cuento.
El poema “El joven traductor de Horacio” pertenece al libro Las arenas de Libia.
Dicen los obispos aragoneses en la pastoral que hicieron pública la semana pasada que
“…el hombre que resulta de la antropología subyacente a la Educación para la Ciudadanía tendría el siguiente perfil: un ser inmanente, ajeno a su Creador, sin trascendencia y, por tanto, mutilado en su realidad (laicismo); un hombre en el que las facultades espirituales del alma son eclipsadas por el nivel del conocimiento sensible y por los afectos (empirismo); un ser autónomo que se construye a sí mismo y que no puede conocer la verdad ni objetivar el bien (relativismo moral); y un ser humano cuya sexualidad no es constitutiva, sino el resultado del deseo y de la elección (ideología de género)”.
¡Amén ! (Creo que yo soy ese hombre, excepto en los términos "mutilado", "eclipsadas", e "ideología de género": ésto no lo entiendo).
Tenía pensado contar hoy otra cosa. Además no es que esté muy lúcida, atrapada como ando en una de mis familiares jaquecas hemicraneales del alma ( aysss…). Así que sólo voy a apuntar un par de cosas.
Una, que Lamima cuelga hoy un post que no os debéis perder, si quereis conocer cuál es la realidad de la llamada via de “integración” en nuestro sistema de educación. La experiencia que está viviendo con Ainoa y que Inma explica muy bien, entre el dolor y el coraje, siempre con la fuerza y determinación que la caracterizan, os dejará las ideas bastante claras al respecto. Tanto esta vivencia actual de Ainhoa y su familia como otras que me han contando otras familias vienen a demostrar que todos los planteamientos teóricos se estrellan sistemáticamente, año tras año (y eso es lo grave) contra la falta de presupuesto económico, el desconocimiento de la problemática de las personas con discapacidad, la tendencia inveterada a la improvisación y -lo peor- la falta de interés de algunas personas en asumir retos. Al final, la situación siempre la salvan, como se pueda, algunos individuos voluntariosos. (Con permiso de todos, un inciso para Inma: no te vengas abajo; sé que no lo vas a hacer. Tocará pelear casi siempre. Da igual. Con el tiempo, siempre alguien termina entendiendo. )
Otra, que la problemática en el entorno de la educación especial (la enseñanza directamente adaptada a la situación de los niños con discapacidad que no pueden seguir la enseñanza “normalizada”) también presenta carencias, a pesar de que en ella, por lo menos, las cosas están mucho más claras en cuanto a las necesidades que se plantean y los medios necesarios para subvenirlas. Pero también dentro de ella he encontrado hechos inverosímiles y absurdos, y desde luego recuerdo, en el caso de Daniel, que el camino de comienzo no fue nada fácil. Otro día quizás cuente algunas cosas acerca de esto. Aunque es cierto que, debo decir, hoy en día la atención que conocemos en el colegio de Daniel es fundamentalmente satisfactoria.
En fin, no queda otra que seguir empeñándose en cambiar los parámetros con los que funcionan las cosas, día a día. También en el campo de la educación. Un ámbito en el que se creería que la capacidad de entender, de evolucionar, y de compromiso con las diferencias debería estar siempre presente. Sí, bastante triste. Los niños empiezan el colegio en medio de la algarabía y la alegría de TODOS ellos. Eso importa. Y afortunadamente eso es algo que va con ellos. La capacidad de sobreponerse a las torpezas y desaguisados de algunos adultos.
Magda Díaz y Morales ha colgado un excelente post sobre El portero de noche, película de la directora italiana Liliana Cavani. Aunque sus películas me gustan en general - entre otras, La piel, Más allá del bien y del mal, o la más reciente y última, El juego de Ripley, basado en la novela homónima de Patricia Highsmith -, para mi, El portero de noche es la mejor realización cinematográfica de Cavani, quien también ha llevado a cabo trabajos para televisión y escenografías operísticas.
El Portero de noche me parece una joya cinematográfica, desde cualquier punto de vista posible: realización, estética, guión, trabajo actoral (magníficos Dirk Bogarde y Charlotte Rampling). Es una película de alto riesgo para todo el mundo, para los que la hicieron y para los espectadores, cuyas mentes deben desprenderse de cualquier concepto al uso y atreverse a ver y preguntar fuera de cualquier límite convencional. La relación sadomasoquista de los protagonistas, de la que parecen no poder escapar, se explica por un lado como componente del contexto social y político que la película analiza: la Europa de post-guerra y todas las secuelas de los totalitarismos de la primera mitad de siglo. Pero va más allá, a la raíz del comportamiento humano. La película desciende bajo la piel y dinamita el alma de los personajes. Ocurrida la destrucción, no hay retorno posible, viene a decir. Pero, si no recuerdo mal –no la he visto desde hace muchos años- hay momentos en que Max y Lucía llegan a ser felices, a estar bien. Ellos saben lo que son y donde están.
El portero de noche no es una casualidad en el trayectoria de esta directora, siempre interesada por los personajes y situaciones complejas. Algo que puede verse bien, a pesar de la menor intensidad dramática del guión, en El juego de Ripley.
Magda Díaz cuenta muy bien el argumento de El portero de noche y hace una valoración de la película muy ajustada. En los comentarios aportados a su post se incorporan además elementos interesantes. Yo aprovecho aquí para emplazar también a mi vez públicamente a 39 Escalones a que nos cuente, cuando pueda, algo del cine de Liliana Cavani, una directora, que yo creo excelente, y que a menudo parece ignorada por la crítica y el público. Seguro que de la mano de 39 Escalones nuestra visión se enriquece algo más.
Varias personas que conozco han estado este verano en Cuba. Todo el mundo que va a Cuba tiene cosas que contar. Incluido “el comandante Vilas” que ha vuelto de sus vacaciones blogueras con un par de impresionantes relatos cubanos. Yo estuve en la isla va a hacer ya seis o siete años. No me importaría nada volver. Es más, creo que tendré que volver. Mientras tanto, me contentaré con recordar lo que conté –yo también- a mi regreso de entonces en El Cronista de la Red.
Yo ya sé que es un tópico. Como tantos otros que circulan alrededor de la isla de Cuba, y a veces nos ayudan a comprender y otras nos enfangan los ojos. Será un tópico, pero es cierto que pisas la tierra de Cuba y el tiempo ya no transcurre igual. Ni la dimensión de los acontecimientos ni el trasfondo de las palabras son los mismos que en esta vieja y resabiada Europa. Llegas a la isla de Cuba y estás indefenso. En Cuba la vida no se disimula ni se disfraza: se ofrece, se gasta, se gana y pierde sin demasiadas explicaciones ni justificaciones.
En Cuba el sol se muere en La Habana. Pero la ciudad es un milagro que diariamente se rehace junto al mar, lo abraza casi interminable, hermosa y fuerte, a pesar de todas las heridas que abiertamente muestra, apoyada en un orgullo generoso, a la par que un tanto interesado. El mismo orgullo que acompaña constantemente a sus habitadores y descoloca la mirada de sus visitantes. Mientras la ciudad moderna parece un poco cansada y los colores van inevitablemente girando al gris, y si no fuera por la vegetación y el cielo azul indemne resultaría un tanto desproporcionada y algo distante, la Habana antigua se sobrepone con ahínco y voluntad a su irremediable decadencia, golpeándonos con manotazos de color resucitado y ruina no disimulada, que se suceden alternativamente sobre la perfección de su urbanismo y el alma de su historia.
Hay que acostumbrarse a algunas cosas, como en cualquier lugar de este mundo. Por ejemplo al permanente e impregnante olor a mala gasolina que hay en el aire, y que se hace especialmente extraño al amanecer, cuando apenas pueden verse vehículos circulando por las calles. Hay que acoger con toda la naturalidad posible la presencia policial constante en casi cada esquina de La Habana. Hay que acostumbrarse a la parsimonia de los gestos y los acontecimientos, no tan ralentizados sin embargo como dicen usualmente las malas lenguas. Hay también que sobreponerse al vuelo persistente de las tiñosas, que acechan incansables desde el cielo cualquier carroña abandonada en la ciudad.
No hay que dejarse apabullar por la imaginación sin límites con que los habaneros, y los cubanos en general, resuelven su diaria y trabajada existencia, porque entonces uno se siente todavía más miserable que lo habitual. (Aunque esta desbordante capacidad de inventar y de crear conforma la idiosincrasia de la isla y es parte de su modo de concebir la vida, es innata.) E inevitablemente hay que acostumbrarse, si eres visitante temporal y aún más si eres turista, al asedio continuado de un buen enjambre de buscones, que, con mayor o menor picardía, ganan sus dólares de esa guisa, ofreciendo un paladar, un restaurante, una casa donde hospedarse, o una agradable compañía que puede durar un rato o muchos, según el interés o disponibilidad del visitante. Los hay, visitantes, con total disponibilidad y absoluto interés exclusivo. Se huelen y distinguen ya en el mismo avión de ida. Yo no puedo ser imparcial al respecto. Comprendo por qué sucede tal cosa en la isla. Hacen chirriar mi sensibilidad las razones de los compradores y las compradoras de cuerpos y esperanzas.
Aceptado todo ello y alguna cosa más, sentirse a gusto en La Habana y muy interesado en explorarla es hasta demasiado fácil. Pero el resultado de la incursión no es a menudo sino un manojo de interrogantes, imposibles de solventar no sólo en la generalmente breve estancia del turista, sino, creo, que incluso en años de permanencia en la ciudad. ¿Dónde reside en verdad la hermosura de La Habana, en sus arquitecturas impecables que han resistido los años de descuido con tanta gallardía, o en la vida que rebrota de entre esos ladrillos y pigmentos ajados, aferrada a cualquier minúsculo objeto, a cualquier canción que acune el tiempo y el dolor, al primer requiebro que se escuche o se intuya en cualquier patio, agarrada a lo mínimo como si fuera todo? ¿Cómo si fuera? ¿O lo es todo? ¿O lo único? Ya lo dijimos, cada minuto, cada ademán, cada ocupación posible es puro arte en La Habana, en Cuba.
La Habana Vieja y el Centro de La Habana se caen, se vienen abajo, es cierto. Y quien pasee despacio por sus calles, entre sus casas y sus columnas y sus soportales, y mire adentro de sus patios, y de sus habitaciones, e imagine con un poco de esa imaginación que por allí abunda cómo discurren las cosas, necesariamente dudará que consiga al fin la rota Habana mantenerse en pie. Y aun si lo hace ¿cuántos colores nuevos invadirán y modificarán definitivamente los rostros hoy serenos de los habaneros, las perfectas hileras de fachadas-escenario? Porque en La Habana se mezclan la verdad y la mentira con tanta naturalidad que no se advierte la línea entre una y otra.
La ciudad es, una vez más el tópico, teatro de veras. La vejez y la juventud vienen juntas en todos los ojos y en todas las bocas que hablan, desde las de los niños zalameros hasta las de los escuetos y turbadores ancianos. Si al cabo lograra rehacerse y remozarse, ¿cuántas historias perderemos? Y por el otro lado, si La Habana se derrumba no tendremos ya nada. Así que no parece que a largo plazo queden muchas esperanzas de que la magia sobreviva largamente. Conserve en su memoria el visitante cuanto a su paso encuentre y entréguese sin demora al arte de vivir que allí aprendió. Mas ¿por qué no? ¿No es La Habana, no es Cuba, el lugar en el mundo en el que cualquier cosa pudiera suceder con la misma naturalidad con la que aparecen y desaparecen los días entre inacabables e ininterrumpidas melodías? Si la eternidad tiene forma y espacio, algún sentido, ojalá fueran éstos.
Abandonar La Habana de noche, cercados por la penumbra que reina en ella y por la restricción de gasolina, es como andar pidiéndole a Ogún que no nos deje ir. Pero nos vamos, atravesando la isla hasta Santiago de Cuba, la perlita negra, asomada tímida y precavida al mar tras el viejo puerto, tras la verde bahía, a los pies de Sierra Maestra, bajo el sol omnipresente. La ciudad colonial se trazó a base de subir y bajar calles empinadas, como en huida inútil de ataques de corsarios, de embates de huracanes y terremotos. Castigada y renacida, Santiago de Cuba tiene cierto aire aventurero y novelesco, opuesto a la señorial y sofisticada Habana. Santiago es ciudad populosa y pícara, pero acogedora y entregada al visitante. Una calidez desbordada nos empequeñece: la amabilidad y alegría de sus gentes es menos sutil que en La Habana, más franca; el tórrido calor acecha durante buena parte del día y acaba por dejar varado junto a una cerveza al ingenuo turista rompecalles.
La vida aquí construye citas más pequeñas. Y lo hace con letras de canciones, de las que los santiagueros conocen centenares y que se dedican unos a otros en cualquier ocasión propicia. Una de las más especiales son las "noches santiagueras", que se celebran un sábado de cada mes, y durante las cuales la ciudad es inundada por un inúmero gentío y música y bailes y cerveza y ron hasta el amanecer. Recurrente carnaval que motiva, claro está, al olvido periódico. Es un clamoroso espectáculo, una renovación saturnal oficiada al ritmo ascendente de la marea que persiguen los bongós, las claves, las guitarras... y que estalla con propio resplandor, sobreponiéndose a las débiles luces urbanas. En Cuba la noche es noche, por lo menos en estos tiempos de limitación económica.
Pero en Cuba el sol nace en Santiago. Se detiene sobre el Morro largo rato y se cuela por las ventanas, por los parques, por los cerebros, bendición de vida, tiempo sin fisuras, que los habitantes de la ciudad suelen convertir en inacabable conversación sobre todo lo divino y humano, - en Cuba el artificio de la dialéctica es de índole genético, no hay duda- , en larga partida de cartas, en inteligentísimo paladeo del ron sacrosanto, en intenso disfrute de la amistad y del conocimiento de la gente que hallan en su camino. Durante el día se diría que todo el mundo anda en las calles, en las tiendas pulcras de contados artículos, ganándose la vida de allá para aquí, yendo y viniendo los niños a colegios e institutos en colorida procesión. Al atardecer sin embargo, Santiago va recogiéndose lentamente y, lugar de provincias al fin, de pronto la actividad se concentra en torno a los hoteles, el Parque Céspedes, la Casa de La Trova, los locales de baile, poco más; el resto se aquieta.
¿Cómo irse sin proponerse al momento volver? Ya sé que casi todo el mundo lo dice. Será, es, por algo. No lo duden quienes aún no hayan tenido la fortuna de acercarse a la sabiduría mágica de las gentes de Cuba, estos niños grandes a los que la vida ha enseñado duramente. No se olviden quienes no hayan todavía disfrutado del intenso verde y el dramático rojo de la vegetación, quienes no hayan hollado sus habitadas y variopintas carreteras donde todo, todo, todo es posible, de sus ciudades abiertas siempre al trasiego de tiempos sin tiempo. Hagánme caso, no se mueran sin asomarse a la bahía de Santiago poco después de amanecer y al Malecón cuando atardece. Así se resume la creación.
Escena de la película "Habana blues", de Benito Zambrano
Hay personas que se definen por lo que tienen y hay personas que se definen por lo que les falta (Luis Rosales)
Los susurros son lo único que voy a ofrecerte. Quédate cerca. No soy capaz de encajar las piezas de ese lenguaje que estás buscando entre los muebles sordomudos de la alcoba.
El perdón no quiere testigos.
Yo sé que lo mereces, pero las escaleras del avión son siempre escurridizas y esa ciudad a la que huyes tiene demasiadas luces de neón, no es mi estómago un self-service abierto veinticuatro horas. Además, ya habré cenado cuando las azafatas coqueteen con las salidas de emergencia. Ojalá no hubieras tenido prisa, ojalá que la megafonía hubiera hecho huelga o que la hubieran operado de anginas esa misma tarde.
Menos mal que no metiste en la maleta la imaginación, y queda el rumor de las manos haciendo sombra sobre un dibujo inacabado porque no supe tocar tu carne ni siquiera con la mirada.
¿No hubieras preferido quedarte en esta isla? Ya sé que no puedo compararme con Manhattan sobre todo porque yo sólo pinto el mar en blanco y negro. Cuando iba al colegio era demasiado pobre, no conozco el tacto de los lápices de colores, ¿es parecido al de un corazón cuando ama? Debieras haberte quedado para enseñarme todas estas cosas, la normalidad de algunos músculos, por ejemplo, aunque te entiendo, entre un billete de first-class y yo, yo también hubiera sido rehén de la primera alternativa.
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Este poema es de Sonia R. Fides y pertenece al libro “Mirar y ser mirada”. Un intenso y arriesgado poemario que recibió el Premio de Poesía “Nicolás del Hierro” 2006. Los poemas de Sonia R. Fides son como desconstrucciones de las palabras que se reinventan en pura imagen. Metáforas con raíz en la greguería, piruetas de asociaciones fértiles, surrealismo controlado.
Quizás estas imágenes sean lo más llamativo de su lenguaje poético. Pero no hay más que bucear bajo ellas para encontrar unas historias, preferentemente urbanas, llenas de intenciones cruzadas, deseos que rompen espejos, puntos de encuentro en fuga y mucha vida que no se resigna. Me gustan muchos poemas de este libro de Sonia.
“El País” de hoy publica, en su contraportada, un artículo de Bárbara Celis titulado “El gran secreto de Miller”, y que reproduce una información dada a conocer por la revista Vanity Fair. Se cuenta en él que el escritor Arthur Miller tuvo un hijo con síndrome de Down en 1966, fruto de su matrimonio con la fotógrafa Inge Morath, a la que conoció durante el rodaje de la película “Vidas rebeldes”, cuando aún estaba casado con Marilyn Monroe. Este hijo fue repudiado por el escritor y depositado a los cuatro días de nacer, a pesar de la oposición de la madre, en un orfanato.
Según Rebeca Miller, hija también de Inge Morath y Arthur Miller, que nació antes que su hemano oculto, Daniel, éste nunca formó parte de la vida familiar antes de la muerte de su padre. Daniel Miller no conoció a su padre hasta 1995, cuando durante un acto público en el que el escritor debía hablar en defensa de un discapacitado mental acusado de asesinato, Daniel subió al escenario y le abrazó. El dramaturgo ni siquiera mencionó a su hijo en sus memorias, aunque unas semanas antes de morir lo incluyó en su testamento.
El otro día LaMima hablaba en su blog del libro “Un amor especial” del escritor Kenzaburo Oé, del que yo también traje fragmentos de un capítulo hace algún tiempo. “Un amor especial” habla de cómo transcurre la vida de la familia Oé, que incluye a Hikari, quien sufre una grave hidrocefalia. Como bien dice LaMima, si algo deja trascender este libro es un tremendo sentido de la responsabilidad de la familia hacia su hijo con discapacidad; una lucha constante por “normalizar” todos los actos cotidianos de esa vida, incluidos aquellos que han de ser inevitablemente especiales por las necesidades de Hikari. Kenzaburo Oé explica también cómo la existencia de su hijo le ha conducido a un compromiso civil con la sociedad, para que ésta integre de manera real a los discapacitados. Oé dice en un momento determinado de este libro que precisamente la decisión de que Hikari formara parte de la vida familiar, de no apartarlo de ella, es lo que les ha preparado para otras cosas a las que han tenido que hacer frente a lo largo del tiempo.
Nada que ver, por tanto, entre Arthur Miller y Kenzaburo Oé. Pero éste último, que ha dejado traslucir la preocupación por la problemática existencial y social de la discapacidad a lo largo de otros libros, escribió en 1964 “Una cuestión personal”, una dura e intensa novela, que yo leí en la edición de Anagrama. En ella el protagonista, Bird, tiene un hijo con un grave problema en el cerebro que le va a causar una severa discapacidad mientras viva. El primer impulso de Bird es huir del problema y lo hace de manera desesperada: peleas, abandono de su trabajo, borracheras y sexo con una antigua amante. Todo ello, mientras su esposa y su hijo permanecen en el hospital, esperando que él de su permiso para operar al niño. Esta operación le permitirá vivir, aunque con esa grave discapacidad. Sin la operación el niño morirá. Bird, aterrorizado ante la perspectiva de una dificilísima vida con su hijo, pasa tres días sopesando angustiosamente qué hacer. Tres días infernales.
Para mí sería muy fácil condenar directamente a Arthur Miller por lo que hizo. Y me dan ganas de hacerlo. Pero no lo haré. No por lo menos aún, no tajantemente, sabiendo tan poco como sé. De ninguna manera me parece adecuados ni justos su decisión ni su comportamiento. Pero sé que hay personas que no se sienten capaces de hacerle frente a situaciones como las que suponen la vida con una persona con discapacidad. Sé que sacar adelante a un niño gravemente discapacitado supone renunciar a muchas cosas. Aunque, sobre todo, consiste en saber integrar las particularidades de esa vida en el transcurso normal de la cotidianidad. No es fácil. Es un gran trabajo, es verdad. Y decidir no hacerlo no creo que sea sólo una cuestión o no de egoísmo, de egocentrismo. Aunque seguramente hacerlo sí lo es de valentía, de coraje, de responsabilidad, de integridad. Sobre todo de amor.
Y lo que sí que sé es que pensando en ambas historias, la de Arthur Miller y su hijo Daniel y la de Kenzaburo Oé y su hijo Hikari, ante la primera siento una gran tristeza, un vacío en la boca del estómago, mientras que la segunda me reconforta y me llena de esperanza. No condeno. Pero sé a quien respeto.