martes, 19 de febrero de 2008

Los día sicilianos


Taormina

(Publicado en El Cronista de la Red, núm. 16).

Llegué a Sicilia como quien entra en una obra de Luigi Pirandello, mi tocayo. Una obra que deja de ser la que era para dar cuartelillo a unos nuevos personajes, huérfanos de autor, que no saben cómo terminar su historia por si mismos. Aterricé en Palermo sin maleta por obra de Alitalia. Y del destino, porque Alitalia no es capaz ni de montar la escenografía necesaria para una obra de teatro siciliana. El atrezzo lo empezó a construir el taxista que me esperó tres horas en el aeropuerto Falcone e Borsellino. El aeropuerto anda metido en plena renovación, con todas las tripas al aire, como si acabara de estallar una de aquellas bombas con las que años atrás esa tierra se llenó de terror. En medio del desorden aquel hombre redondo sujetaba uno de los típicos cartelones que hacen visible el nombre de la agencia de viajes en cuyas manos depositamos temporalmente nuestra vida. Qué temerarios somos todos en el fondo y qué confíados. Al gestionar el envío de mi extraviada maleta, me di cuenta de que no conocía la dirección del hotel al que debía dirigirme. Llegué a Palermo como un viajero de verdad, sin equipaje y sin ubicación.

No saber no siempre sale mal. El hotel estaba en el camino de Monreale y era una preciosidad, con una enorme terraza afrontada a las montañas. Otra cosa que no sabía era que el taxista conduciría, del aeropuerto a la ciudad, a mil por hora, pegado al culo del automóvil delantero, pasando y traspasando de carril constantemente, mientras gesticulaba muy divertido todo el tiempo y yo, pese al terror, no podía hacer otra cosa que reírme sobre aquella autovía tan estrecha y llena de hormigón por todos lados, que más parecía un túnel del lavado que carretera. Al final del túnel, Mimmo Cuticchio y el mar, pensaba yo todo el rato, porque una de mis ideas básicas para Palermo era comprarme una marioneta en este taller de fama internacional. Ruggiero fue la marioneta elegida ya de inmediato al día siguiente. Un personaje de la Opera dei Pupi, al que tuve que desmontar para meterlo en la recuperada maleta, cuando partí de regreso. Ya está muy bien y muy entero de nuevo en mi estudio. También compré un simplísimo y encantador teatrillo de madera allí, en el taller de Cuticchio, en Vía Bara all´Olivella, cerca del gran Teatro Mássimo, el tercero mayor de Europa dedicado a la ópera y en cuya escalinata muere Mary Corleone, al final de la tercera parte de El Padrino.

La noche anterior, nada más llegar a Palermo, estuve paseando por los Quattro Canti, la encrucijada barroca que anuda via Vitorio Enmanuelle y vía Maqueda, y vi también Piazza Politorama. Una visión inusitada de Palermo, casi sin automóviles. Toda la aristocracia palermitana pasó por estas calles durante siglos, sin apenas inmutarse ni moverse mucho, sólo para ir a Roma, Londres o París a las temporadas de música y a comprar ropa elegante. Sus iguales europeos y también muchos artistas e intelectuales vinieron tempranamente a Sicilia, a la Magna Grecia, el omphalos verdadero de Europa, antes de que Europa fuera germanizada y ordenada en cuadriculas por los seguidores de Lutero. Aquí en Palermo, Lutero ha debido de parecer siempre un demonio. Más que Mahoma. El paseo por Vía Tukory, - tras una infructuosa visita al Museo Internacional de Marionetas, en Vía Butera, la misma donde vivió Tomasso di Lampedusa después de la segunda guerra mundial-, me trajo añoranzas de Estambul. Pude, sin embargo, superar esta melancolía de mimbre antiguo gracias a los espléndidos mosaicos de La Martorana, ejecutados a mediados del siglo XII por auténticos artistas constantinopolitanos, que fueron traídos expresamente para tal labor. En La Martorana, o en cualquiera de las numerosas iglesias construidas y reconstruidas en Palermo, se puede descansar del trajín bullicioso de los habitantes de esta ciudad y de sus abigarradísimos mercados populares como Vucciria o Ballaro, en los que seguro que una pudiera haber desaparecido per secula seculorum amén, sin dejar el más mínimo rastro.

De todas formas, creo que no supe ver bien Palermo. Entendí más cosas luego, cuando ya no podía mirar. Y por Siracusa pasé muy deprisa. Este viaje a la Magna Grecia va a requerir de más aterrizajes. A Siracusa, claro, le envidié el mar yo, que vivo todo el año en la otra Zaragoza, la aragonesa. Y todos esos vestigios del pasado conservando todavía su propio espacio, y no como en mi ciudad, derruidos muchos sin piedad y otros disimulados en la amalgama del paso del tiempo. Siracusa es el epicentro de la Magna Grecia. Hasta la catedral sigue siendo todavía un templo griego literalmente. Nada ni nadie ha podido borrar el eco heleno de los nombres que aquí perviven: Dionisio, Geón, Hierón, Apolócrates, Agatocles, Aretusa … Di un paseo por la isla Ortigia, al mediodia, hasta la fuente de Aretusa, la náyade a la que persiguió Alfeo sin denuedo, empeñado en contradecir al nativo siracusano, Arquímedes, primero, al parecer, que fue en enunciar que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. "Dadme un punto de apoyo y os levantaré el mundo", enunció Arquímedes, unos días después. ¿Para qué más? Así era la Magna Grecia, clara como el sol el día que estuvimos en Siracusa. Arquímedes murió en el sitio romano que acabó con el seny griego, pero no con la ciudad. Después de las calles luminosas de Ortigia, fortificada firmemente contra la piratería por Carlos V, comimos en un bello lugar con un fondo de mar sin límite, como a mi me gusta.

A Sicilia le ocurre un poco como a España: hija de cien mil leches: griegos, cartagineses, romanos, musulmanes, normandos, franceses, aragoneses, españoles… todos han hollado su estratégico suelo. Quizás de aquí provenga ese fatalismo tan literario que parece apoderarse de todas las visiones sobre la isla, incluida la más famosa, la de Lampedusa en El gatopardo: "Algo debe cambiar para que todo siga igual". Con tanta gente por allí constantemente, no es raro que Sciascia estuviera convencido de que "Sicilia es el mundo". ¿Para qué más? Pero sin embargo, Sicilia ha sido madrastra para muchos de sus hijos, abocados a la emigración, como si el irascible padre Etna no quisiera guardarlos a todos.

Yo también sentí el desamparo del Etna. El día que ascendimos a su cumbre se me rompía la garganta, como si me hubiera tragado un quintal de ceniza ardiente; tenía fiebre y la cabeza no me daba para mucho. Lamenté la tranquilidad del volcán. Quizás hubiera preferido no alcanzar la cima, y haberlo visto en plena actividad, como había estado unos días antes. Así no me hubiera sentido tan abandonada. Pensé en Empédocles, irreductible. Pero lo hice con la visión de Hörderlin y deduje que si me sentía tan lejana de todo allí, en el Etna, debía ser porque ya no tenía amor por las cosas, conversa a la secta de Empédocles como me había hecho en un tris tras, mientras subíamos en aquellos cuatro por cuatro colectivos para turistas, que son como gigantescos y prehistóricos crustáceos. Me preocupé aún más. ¿Cómo había llegado a aquel estado de desolación?. Hasta que recordé que a Goethe le gustó mucho Sicilia y me senté sobre la lava, al borde de un cráter humeante, mirando hacia el centro de la tierra. Todos paseaban ansiosos alrededor, a miles de clicks fotográficos de distancia. Cuando escuché desde el fondo del infierno la voz de Empédocles, le mandé a paseo y me quedé en paz.

Durante el descenso pude admirar la vista de Calabria al otro lado del estrecho y me sentí nueve veces reconstruida, como la ciudad de Catania, tras la furia del Etna. Tantas veces como los círculos del Dante. La última tras la tremenda erupción volcánica de 1669 y el terremoto de 1693, que fulminó a dos terceras partes de la población. La ciudad se empeña en conservar su pulcro barroco de tiralíneas, surgido, tras la catástrofe, a lo largo de treinta años de la mano del arquitecto Vaccarini. Su armonía estética, reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 2002, parece hoy en día rota y puesta en entredicho por la ola encrespada de la inmigración, que callejea desaborlada entre los turistas: Catania, puerto de Europa. Catania es el presentimiento del fin de este imperio que nos fagocita. El Etna omnipresente.

Aunque, menos poderoso en Taormina. Pero también. Entre el volcán y el Jónico, Taormina es la perla azul de Sicilia, asomada al mar de Eneas desde la ladera del monte Tauro. Sobre la escena del antiguo teatro griego, que los romanos reconstruyeron restándole gracilidad, un guía local de la ciudad se empeñaba en explicarnos la diferencia entre el logos griego y la praxis romana. Aquel guía se sentía descendiente de los griegos y no hablaba muy bien de sus propios conciudadanos. No sé más. Confieso que yo miraba desde lo alto de las gradas al mar, ligada por un metafórico cordón umbilical a aquel paisaje que era el mío. Un paisaje que he reconocido siempre, desde las largas tardes estivales de la infancia atravesadas de cal. Hay colores que son nuestros ojos. El Corso Umberto I, calle antigua de época romana, está lleno de tenderetes bullangueros e imposibles. En la terraza interior de una de las cafeterías volví a encontrar a los puppi, apuntalados contra la pared: otro reclamo turístico. Al mirarlos aquel día, recordé que la tristeza, como la belleza de la naturaleza, cambia y es duradera.

En Taormina, me despedí de Agnello. Pero no quisiera recordarlo. La sombra de Agnello me había acompañado durante casi todo el viaje, desde que lo encontré en Segesta, al pie del templo griego, inacabado desde el siglo V antes de nuestra era. He querido pensar en él como quien fue: uno de aquellos exploradores y estudiosos de los siglos de oro italianos, que buscaban en las ruinas otras vidas y viejos lenguajes que les ayudaran a hablar de cosas nuevas. Lo pensé hermoso a Agnello. A imagen de alguno de los muchachos que conozco por la pintura italiana del siglo XVI, el siglo en el que vivió y casi con toda probabilidad murió. Mientras todo el mundo daba vueltas a las columnas, yo me senté junto a él y dejé que su silencio corriera las cortinas para mí.

Pasé el resto del viaje a solas con él, aunque en muchos momentos solamente se atreviera a seguirme en la distancia. En Selinunte lo vi descender por la colina hacia el mar, mientras yo hacía fotos a los templos. Me llamaba a gritos, con bellísimos apelativos a los que no estoy acostumbrada, y se empeñaba en invitarme a subir a una embarcación que, según él, andaba amarrada abajo en el puerto, al otro lado de la acrópolis. Pero yo no podía verla. Y no quise ir. Agnello mantuvo su enojo hasta Agrigento. Fue allí donde me dio a entender que él no saldría nunca de Sicilia, que si quería saber de él y ser por él amada debería permanecer yo también allí. Me hizo madrugar en el Valle de los Templos para ver el sol sobre la cúspide del de la Concordia,. Ese día le dije que no me quedaría, pues es evidente que no toda pasión puede cumplirse. Ambos lloramos largamente, sentados al pie del altar de los sacrificios del gran templo de Zeus, porque ni siquiera en Sicilia, donde todo tiempo anterior parece ser presente, es posible forzar la línea que separa las vidas y construye la historia.

Cuando tomé en Catania el avión de regreso lo hice a solas, todavía sin historia y sin autor. Pero con mi maleta. Y con Ruggiero desmontado.

4 comentarios:

Fernando S. dijo...

feliz regreso...besos..muchos.

39escalones dijo...

Impresionante, dan unas ganas locas y horribles de largarse a Sicilia en el descanso del café. Cuando lo leí en el Cronista me entró un mono tremendo. Serás responsable de mi absentismo laboral...
Me gusta el cambio. Veo que los cambios son contagiosos.
Besos

ybris dijo...

Ya te lo había leído allí.
Aprovecho para decirte lo mucho que me gustó.

Besos

Luisa Miñana dijo...

Gracias a los tres. Por los buenos deseos. Por apreciar el viaje. Sicilia es un pozo sin fondo.
Besos.