Supongo que entre los mecanismos de defensa de nuestra mente, de nuestro cerebro, está la desconexión relativa.
Es verano. En Zaragoza el verano no admite paliativos. No me disgusta el verano, todo lo contrario. Ni el calor. Simplemente imagino que en parte es una de las circunstancias causantes de la desconexión relativa de mis neuronas. La actividad de cualquier tipo precisa siempre de unos márgenes, por debajo o por encima de los cuales se torna imposible, o casi. El verano del clima mediterráneo-continental requiere largas horas de inactividad. Lo cual no se contempla en nuestro ritmo vital urbano-global, claro. Esto ya debería decirnos algo. Lo dice. Lo sabemos. La actividad humana actual no se atiene en absoluto al ritmo del resto de la vida del planeta. Lo ignoramos. Por sistema. La sobrecarga produce cortocircuito. No puedo hacer mucho en lo que al planeta se refiere. Pero puedo dejar que mis neuronas anden medio desconectadas, si es lo que necesitan.
Quería hablar de las exposiciones de Matisse, Sorolla y Juan Muñoz. Al menos de alguna. O al menos de la impresiones deambulatorias que me acompañaron en la visita a las mismas. Pero no sé si alcanzaré. Si abandono en mitad del post, ruego disculpas. No me lo tengáis en cuenta. Y si el resultado no es todo lo que los acontecimientos merecen, tampoco. Gracias. De verdad que incluso las noches, en estos días caniculares de alerta naranja, son agotadoras.

Matisse es uno de mis pintores favoritos. Y como a todo pintor favorito y mimado le perdono algunas afirmaciones e intentos un poco diletantes. Es un grande y basta. Es un grande que además quería centrar su trabajo en unos términos bastante concretos y depurarlos. Lo hizo. El final de su obra es apoteósico. Pero las pinturas de la exposición llegada al Museo Thyssen enseñan de Matisse mucho más que ese final apotéosico. Muestran todo el proceso, el camino. Todas las conexiones. Y desde luego consiguen uno de los objetivos que Matisse fijó para su trabajo: que el espectador descansara del mundo al contemplarlo. Desconexión. Me fascinaron sobre todo "La odalisca de la pandereta", un cuadro que pinta a la modelo y su reflejo en el espejo (El reflejo, se titula, claro), y otro retrato con sombrero amarillo y fondo verde (¡a eso le llamo yo puro atrevimiento estético!). Me centré, me lo pasé muy bien y desconecté, por supuesto.

La magnífica exposición-teatralización (un montaje merecedor de total elogio) de la retrospectiva de Juan Muñoz en el Museo Reina Sofía fue todo lo contrario. Conexión, conexión, conexión. El mundo de Juan Muñoz es sencillamente fascinante: plástico, teatral, ilusorio, íntimamente real, de alguna manera metafísico. Sitúa al hombre frente al espacio y su multiplicidad, frente a si mismo y su especular reflexión sobre si mismo, frente a su esencial soledad (por las distancias , por la incomunicación, por la incapacidad). No sé si sus esculturas son hermosas. Lo son en la medida de su ternura y su indefensión. Sus instalaciones son pertubadoras porque son un espejo: la verdadera dimensión y medida de la existencia humana. Abandoné el Reina Sofía bastante conmovida, conectada/desconectada. Y al mediodía hacia en Madrid también mucho calor. Se agradece mucho el arbolado:)
Sorolla: desconexión en el Prado. Me gusta la ampliación del museo (me mojo, pues). Incorpora al palacio de Villanueva la fórmula de museo contemporáneo que el Prado necesitaba. Sí, la necesitaba. Y me parece una solución afortunada. En cuanto a Sorolla: lo redescubrí (como otros muchos). A pesar de los temas de su pintura, ante algunos de cuales no puedo evitar un respingo. No por los temas en sí. Sufro una deformación profesional: comparo esas pinturas con las de Matisse, por ejemplo, con Picasso, con Braque, con Modigliani... No puedo evitarlo. Y digo: todo este talento (¡qué talento, claro, que sí, no vamos a descubrirlo ahora!) encerrado en estos temas y en ese espacio, digamos, ya sabido. No parece haber mucho riesgo. Y luego, conversamos sentados en la cafetería de la ampliación del Prado, ¿y por qué no podía hacer lo que hizo?, fue su elección, pintó bien lo que quiso pintar. La vela de la barca del famoso cuadro de la vuelta de la pesca es sencillamente una obra maestra. O este cuadro de ahí abajo, La bata rosa, es totalmente magnífico : ¿por qué han de serlo menos por haber sido pintados ya dentro del siglo XX, de espaldas a las vanguardias? Se intuye un distanciamiento voluntario. Quizás incluso una defensa ante la velocidad del progreso estético de principios de siglo. Pongo desconexión y disfruto.
Aunque sé, aunque creo que una de las obligaciones del creador es responder de sus métodos ante su tiempo.
Dudas.
Quizás sea más coherente valorar la coherencia del artista.
Ahora. En este tiempo multimetodólogico. Quizás hoy podamos contar con esa ventaja. Sin reglas fijas.
Pero mercado. Ayyyy.
A Sorolla el mercado le daba la razón.
Pintó una vela de barca como un mundo, magníficos mares, espléndidas luces de sol, evocadoras sombras, cuerpos clásicos y mediterráneos como culminación de vida, y pintó retratos muy muy buenos.
Recorrimos las exposiciones con tiempo suficiente y comimos entre medias en el restaurante del nuevo espacio del Museo Reina Sofía, que también me gusta. Y me gusta comer en los restaurantes y las cafeterías de los museos, porque son lugares de tránsito inevitablemente. Tránsito rojo y negro en el Reina Sofía: no me importa a veces que la arquitectura sea un poco presuntuosa, si consigue redimensionarnos. El restaurante del Reina Sofía, oscuro, es ideal para el verano.
Es verano. Alerta naranja: eso significa intenso calor durante tres o cuatro días. Dicen que mañana habrá un descenso de un par de grados: 36.
Trabajo (lo intento) en un artículo para el libro-homenaje internacional a Fernando Aínsa y tengo que pensar. Conexión. Buenas noches.