lunes, 7 de mayo de 2007

Una vieja historia - 1







Hace pocó más de un mes la Revista Narrativas, conducida sabiamente por Carlos Manzano y Magda Díaz y Morales, me publicó este cuento. Sé que algunos lo leistéis allí. Os agradezco vuestra atención y vuestras palabras. He vuelto a acordarme estos días del cuento con cierta insistencia, no sé por qué. Así que lo recolocó ahora aquí y lo troceo un poco, en varias entradas, para que sea más liviana la lectura en pantalla.







A nuestras madres y abuelas







Cuando sor María Magdalena del Perdón escuchó de labios de su madre, Pabla, y de su hermana, Angelines, que Alonso Ríos había vuelto a instalarse en el barrio, en la misma casa de su madre donde vivió de joven, quedó primero demudada y blanca, mucho más blanca de lo que ya era su piel alabastrina, tan transparente que sus dos interlocutoras vieron con claridad cómo, enseguida, su sangre toda afloraba de golpe a la superficie de su cara, lo único visible que el hábito dejaba de su cuerpo, a excepción de las manos que aún eran las de una niña. Pero sor María Magdalena ya no era una niña.


Tampoco era ya una niña a finales de julio de 1936, aunque entonces tuviera apenas dieciocho años y un recuerdo muy nítido de Alonsito, aquel guapo crío moreno, de ojos azules y orejas ligeramente de soplillo, que llevó pantalones largos antes de hora porque le dio la gana y que vivía en el principal. A ella la hacía rabiar amargamente cada vez que tropezaban en el patio de entrada de la casa, levantándole las faldas y echando luego a correr. Cuando más se enfurecía era cuando Alonsito Ríos corría en dirección a la calle, porque allí, en la puerta, le aguardaba el grupo de granujas con los que se juntaba. Alonsito se zambullía en los brazos de sus amigos de un salto y se reía de ella, cerrando y abriendo las manos y extendiendo los dedos recontando las veces que ya había conseguido tocarle el culo. La niña que luego fue sor María Magdalena del Perdón no podía evitar oír cómo atronaban las carcajadas y los gritos de júbilo, mientras lloraba escaleras arriba y se detenía antes de entrar en casa hasta que el llanto cesaba, para no tener que pasar por la vergüenza de dar explicaciones. No lloraba porque Alonsito le hubiera levantado la falda y rozado las nalgas. Lloraba por la manera tan distraída y prepotente en que lo hacía, por la despreocupación con la que marcaba la muesca que contabilizaba la pieza reconquistada tantas veces. Porque Alonsito a ella le gustaba mucho y no quería que le gustase. Porque no dejaba de gustarle, a pesar de la humillación. Ya lo repetían ahora en la sala de visitas su madre y su hermana: ese hombre siempre había sido, desde pequeño, tan simpático como canalla y desahogado, un vivalavirgen sin remedio, un baldón para su familia y una pena muy grande para su madre, que nunca le cerró la puerta a pesar de las buenas razones que había tenido para ello. Y, aunque es cierto que con la guerra cambió bastante, a saber cuánto mal no habría dejado hecho los años de antes, sentenció doña Pabla. Un impío, sin duda, abundó Sor María Magdalena del Perdón, mientras procuraba recomponer el rostro circular y ocultar los recuerdos en lo más profundo de su corazón. Un mal hijo de Dios, añadió, que no es digno de que ni siquiera nos acordemos de él. Un ateo pecador. Y esos no cambian, madre. No me gusta que vengáis a esta santa casa con chismes de gente de semejante ralea, ofendemos al Señor con sólo mencionarlo. Doña Pabla atribuyó el enojo de su hija al decoro de su condición de religiosa. Pero Angelines, que sabía más y que había sacado el tema muy a propósito, también se alarmó ante la ira desentonada y ante la lividez arrebolada de su hermana. No pensó que al cabo de veinte años ella fuera a alterarse tanto con la sola mención de aquel nombre. Cambiaron pues de conversación, intentando ahora resolver con atinado criterio los dramas matrimoniales de la pobre prima Elvira, a la que Sor María Magdalena casi ni recordaba y cuya vida le movía compasión, aunque no comprensión, alejada como estaba de la suya propia en tanta y tanta disímil circunstancia: un marido flojo, decían, hijos, trabajos a destajo en porterías pobres y casas de costura, vida sin tiempo y poco alimento, que costaba mucho ganarlo en aquellos años tristes y embrutecidos de la posguerra. A su hermana Angelines la miraba con más atención y siempre le preguntaba por el cuñado y los sobrinos, que nunca iban a verla ya, porque los jóvenes, ya se sabe, andan a lo suyo, sobre todo si son chicos y mi Antonio tiene el pobre tanto quehacer, de aquí para allá, siempre con su camioneta. El niño mayor tenía ya novia, una chica muy formal y decente y muy cariñosa. Doña Pabla y Angelines habían escrito a la madre de la chica, viuda de guerra y dueña de una mercería, donde Isabelita, la novia, despachaba también, invitándola a comer un domingo a casa. Así que Antonio, hijo, e Isabel, en cuanto consiguieran el traspaso de un piso que esperaban, no lejos de la mercería, seguramente se casarían ya, porque el chico tenía igualmente buena colocación en el taller donde trabajaba. Casi nadie podía decir lo mismo en estos tiempos que vivimos, concluyó Angelines, antes de despedirse de su hermana, sor María Magdalena, en el patio de la entrada del convento: hasta dentro de quince días. Dios os acompañe.


Todos somos dueños de nuestro pasado, aunque a veces no lo parezca. Sor María Magdalena del Perdón había encerrado bajo siete llaves una buena parte del suyo. Sabía muy bien cómo tenerlo a raya. No sólo aquella parte de su pasado que el confesor hubiera reconvenido severamente. También las otras cosas, las que a pesar de toda la vocación con que vivía su vida de convento, le causaban un angustioso tedio interior, largo como la sombra de un ciprés y áspero como la lija con que fregaba la madera del suelo de la iglesia, cuando le tocaba, una vez a la semana. Siempre había solicitado los trabajos más duros, porque prefería el cansancio físico y la rutina conocida. También le gustaba mucho bordar y durante el rosario vespertino, que se dilataba en salves cuanto tiempo fuera necesario, cosía, junto a otras hermanas, canastillas de bebés y ropillas para niños más mayores del hospicio Pignatelli.


Después de la visita de doña Pabla y Angelines, Sor María Magdalena se dirigió al cuarto de costura a la hora acostumbrada, las cuatro de la tarde, y se acomodó en su silla, junto a su costurero, bajo la ventana que daba al patio de los magnolios. Hacía calor. Volvía a ser julio, veinte años después. Alonso Ríos subía la escalera con tanto sigilo y tan pegado a la pared enroñosada que, en la penumbra de la primera hora de la mañana, ella al principio ni se percató de él. Se lo topó de frente y, como ella estaba un escalón más arriba, quedaron mirada contra mirada un instante, hablándose casi boca contra boca al solicitarse mutuamente disculpas. Hacía un par de años que Alonso Ríos casi no aparecía por allí. Era algo mayor que ella y desde que había empezado a trabajar en la construcción se había ido alejando de la casa paterna poco a poco, viviendo su vida a su manera. Ahora era un hombre joven, bastante guapo y más inconsciente, como siempre lo había sido. Se había convertido al anarquismo picado por aquella parte fácil del amor libre entre unos y otras y sin tramoyas sociales, como le insistió a ella durante aquellos días tantas veces, y también porque en la construcción en Zaragoza se trabajaba poco, si no se era del sindicato. Con pasmosa facilidad había sustituido en su jacarandosa cabeza la creencia en la vida eterna de su educación infantil por la fe en la posibilidad de un paraíso libertario, que a él se le antojaba la más perfecta felicidad, ya que eliminaba en su cabeza cualquier idea de responsabilidad individual por su parte. Su futuro comunismo libertario era algo así como un mundo infinito por el que transitar trabajando poco, disfrutando mucho y gozando con muchas mujeres de razas diferentes. Su teoría era que como entonces todo el mundo habría de ser igual, todos tendrían que trabajar y por lo tanto cada uno tocaría a mucho menos trabajo que ahora, cuando había tantos y tantos que arrimaban poco el hombro y algunos más bien nada, nada. No pensaba más. Pero Alonso Ríos caía en gracia, con la gracia de los desvergonzados, y en el sindicato preferían dejarle a su aire. No podían contar con él para un compromiso serio y constante, pero nunca se negaba a colaborar en las acciones para las que fuera requerido, desde la organización de una huelga, - aunque no le gustaban luego los enfrentamientos violentos,- hasta el reparto de octavillas, o cuando había que tratar con algún personaje incómodo o peligroso. El vivía permanentemente como en una película de aventuras, que eran las que más le gustaba ir a ver al cine, cuando tenía dinero para hacerlo, especialmente al Monumental Cinema, que había abierto hacía ahora tres años y era, desde entonces, su preferido por las sesiones dobles y a buen precio. Con el imperturbable arrojo característico del que no analiza el alcance de sus acciones, acudía esa mañana, en la que se lo encontró Magdalena en la escalera, a la casa de sus padres, creyendo que ellos le protegerían y le ocultarían. Llevaba diez días de escondite en escondite, cada vez más incómodo y cabreado. Quería estar tranquilo, aguardar sin tanto sobresalto a que pasase esta tormenta de verano. No había intentado, como la mayoría de sus compañeros que conseguían escapar a la represión de los sublevados, salir de la ciudad para alcanzar las columnas que, se decía, venían desde Barcelona. Como muchos, al principio, estaba convencido de que aquella algarada, decía, de los militares terminaría pronto y, de alguna manera, con un acuerdo entre unos y otros contendientes, - al fin y al cabo burgueses todos, como bien repetía Blas Antunez, uno de los líderes de su federación,- para seguir jodiendo a los de siempre. Por otra parte, lo de luchar contra un ejército y pegar tiros no le atraía lo más mínimo. Durante aquellos días, Magdalena le dijo una vez que más parecía un gachupino hijo de papá, de esos que acuden todas las tardes al baile del restaurante Ruiseñores, que un obrero de la construcción crecido en aquella calle del barrio de San José, en la que se habían vuelto a reencontrar. Magdalena pidió perdón y, aunque lo reconoció al instante -¿cómo no iba a hacerlo?- echó escaleras abajo atropelladamente, muy nerviosa, recordando de golpe todas las veces que Alonso Ríos le había tocado el culo.(...)







* La fotografía corresponde al Paseo de la Independencia de Zaragoza en una la época aproximada en que transcurre el relato

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