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domingo, 15 de noviembre de 2009

Entropía (v.s: no abras los ojos)



Le costaba despertarse. Le resultaba díficil abrir los ojos e incorporarse. Luego contempló su cadaver. Esperó hasta convencerse de que no iba a resucitar, y despertó.




(Odisea en el espacio 2001)




viernes, 21 de agosto de 2009

Summertime


Esta fotografía la he tomado hace un rato, en el puerto de Cambrils, mientras anochecía por una esquina, tras las montañas.

Hay mucha gente por aquí y los precios de los restaurantes han bajado un poco. Hace mucho calor, como en casi toda la península (si pongo país para referirme a España, alguien puede sentirse capitidisminuido y no quiero líos ahora, es tiempo de verano, entre otras cosas porque para mí tan país es el Baix Camp como Eurasia: cuestión de posiciones). Hemos cenado en la taberna de la Cofradía de Pescadores, porque Cambrils es un puerto pesquero y todos los días llegan los barcos a primera hora de la tarde al puerto: ofician una particular y bella coreografía de aproximación a la bocana y reordenación de cada nave hasta que forman una única fila para entrar en el puerto. Un verdadero espectáculo. Hemos cenado allí mismo en el puerto, junto a los barcos y las redes y las cajas que huelen a pescado. Summernight. Al salir de la taberna, sonaba con nitidez una de esas viejas canciones de verano a las que habría que levantar un monumento: hay un vídeo freak a tope de José Velez en Youtube cantando "Bailemos un vals" (eurovisiva canción ella). Esta es la canción que sonaba, junto al mar, la arena y las olas del mediterráneo, ¡ay!, qué horterada tan chachi; después: canciones de Los Mismos y no sé cuántos similares más. Había verbena en la playa. En el mismo lugar que estos años de atrás algún pro-yankee del ayuntamiento había pensado que era mejor montar un escenario para practicar aerobic. ¡Por favor! ¡Verbena en la playa! ¡Claro que sí! ¡País! Summertime.

martes, 11 de agosto de 2009

¿Qué significa MTuent?

En la parada del autobús en el Actur (ayer por la tarde):


- ella: ... no, somos una pareja . Eso. Mira (señalando hacia un automóvil que emerge por la boca del parking del centro comercial), mi coche es de ese color, ves, amarillo.

- él: más bien mostaza.

- ella: bueno, amarillo, verde no es.


- él: amarillo, amarillo, no es; mostaza. El mostaza tiene un poco de verde.


- ella: dorado tampoco.


- él: no, entonces tendría un poco de azul. Claro que, fíjate, el azul sale del amarillo y el verde. De colorimetría yo sé mucho, de pantones y eso. El marrón, ¿cómo sale?


- ella: ¿el marrón?


- él: del negro y el amarillo, mucho más negro que amarillo.


- ella: claro. Mi coche es pequeño.


- él: mujer, mediano más bien.


- ella: vale. Un Mini, ¿es pequeño o mediano?


- él: pequeño, pero...




Suben - ellos- al autobús. Ella primero. Él luego, con una gran bolsa en la mano. Pasa él dos veces la tarjeta del bus por el lector.

Sigo esperando. Releo los siete manifiestos de DADA (¿Acaso ya no debe creer uno en las palabras? ¿Desde cuaándo expresan lo contrario de lo que el órgano que las emite piensa y quiere? He aquí el gran secreto: el pensamiento se hace en la boca).


Mi autobús llega: mi autobús es el número 23. Llevo cogiendo este autobús toda la vida; es el autobús que pasa por la casa de mis padres, al otro lado de la ciudad . Ya lo cogía, cuando era niña-adolescente y los autobuses tenían unos peldaños altísimos como de monasterios románicos ambulantes. Pero ahora no voy a casa de mis padres. Voy al Centro, a casa de Mónica Gutiérrez, que hace bisutería MTuent como si fuera literatura y literatura como música. En casa de Mónica están también la novelista Patricia Estebán, que juega con los espejos como si sujetara cometas entre las capas de las palabras, y la poeta Marta Navarro, que pinta el aire atravesándolo de emociones y colores y perfiles - veladuras, se llama éso-. Y está Jazz, que es la perrilla de Mónica. La casa de Mónica está llena de historias. Ahora tengo un par de anillos más (guapísimos; cada objeto es importante, cada objeto trae consigo sus historias). Me voy la primera de la fiesta y demasiado pronto, - pues Agosto es un mes para las desapariciones (bajo el Arco del Deán se producen la mayoría de las desapariciones que ocurren en la ciudad y ayer era un día propicio). Me voy pronto pero volveré otra veces, porque todo ésto está en el Centro.


Antes de llegar al centro de la ciudad, sigo leyendo en el autobús número 23 los siete manifestos de DADA : "a priori, es decir con los ojos cerrados, Dadá sitúa antes de la acción y por encima de todo: a La Duda. DADA duda de todo. Dadá es tatú. Todo es Dadá. Desconfién de Dadá". Abro los ojos y veo en el edificio donde vive el poeta y novelista Manuel Vilas una bandera de España quieta en su mástil. Tengo que jurar que ésto es verdad. Que no me lo invento. Porque Manuel Vilas ha escrito una novela que se llama España, y ésto es público y se sabe. Pero lo que no se sabía es que un vecino suyo tiene en el balcón la bandera oficial española en su mástil. A mi las banderas no me gustan nada, la verdad, y creo que la novela de Vilas es una sinbandera. Pero así son las cosas en el Actur.

sábado, 4 de julio de 2009

Pulmón de vacío

A mi coche se le había hecho cisco la válvula del pulmón de vacío. No sube las cuestas, le dije al mecánico. Casi no llegó a Calatayud el otro día. No sube las cuestas, dices, apostilló. Al rato me llamó: tiene rota la válvula del pulmón de vacío y también ha cascado el ventilador eléctrico.

No paro de darle vueltas. Pulmón de vacío. Mi wolkswagen tiene al menos un pulmón. Es casi humano. Y lo entiendo entonces al pobre: ¿cómo iba a subir las cuestas sin válvula en el pulmón? Y sin ventilador. Con este calor abrasador de julio, en mitad de la estepa. Mi pobre wolkswagen.


Y no paro de darle vueltas. Pulmón de vacío. Google:

"Evidentemente con la delco con pulmón de vacío conseguiras un regulación más fina con aperturas pequeñas de la mariposa" : ¡ madre mía, poesía pura !, digo, y ahí sigo atracándome de cosas semejantes en los foros de mecánica del automóvil. No tenía ni idea de lo que me estaba perdiendo....


La jodida válvula del pulmón de vacío.

Y sigo dándole vueltas. Google.

Según la medicina china:

Vacío de Qi de Pulmón: Tos y respiración asmática con falta de fuerza, respiración corta insuficiente y agitada

Vacío de Yin de Pulmón: Tos sin flema o con flema muy escasa y pegajosa, fiebre o sensación de calor

Y vueltas. Google


La técnica básica de la respiración yoga es la respiración completa.
Para respirar de manera profunda y completa conviene llevar un ritmo más o menos definido:
Inspiración relativamente dinámica, por ejemplo 4 o 6 segundos,
Corta retención a pulmón lleno, 2 o 3 segundos,
Espiración: aproximadamente el doble de tiempo que la inspiración: 8 a 12 segundos,
Sin retención a pulmón vacío, o como mucho 1 segundo.
Inspirar y espirar siempre por la nariz.



No paro de darle vueltas.



Pulmón. Vacío. W
Qi
Yin
Y respirar
en aperturas pequeñas de la mariposa
Big
Bang


sábado, 23 de mayo de 2009

Refracción en Babel de Sarría

Fernando Sarría mantiene un blog, llamado

La Biblioteca de Babel,

donde cuelga microrrelatos de todo aquel que quiera enviárselos. Allí está "La refracción de la luz", escrito por la que suscribe.

martes, 24 de marzo de 2009

Series y series- 4/ Un hombre en casa (+relato)

Un hombre en casa era una serie inglesa, ¿alguién la vio? Yo no me la perdía nunca. Como todos los discursos avant-la-garde en su momento, los guiones de aquellos memorables capítulos hoy resultan bastante ingenuos. Decidí marcharme a Londres y dejar a Manuel una noche, de regreso a casa por la avenida Tenor Fleta, cuando sentí que lo único que por aquellos días podía con mi tremendo aburrimiento provinciano era ver una vez a la semana Un hombre en casa. Pero antes de ir a Londres me lié con Patrick y me fui a vivir con él.




jueves, 10 de abril de 2008

La curiosidad mata al gato



Oigo y leo que han descubierto un sistema solar otro. Más pequeño, pero semejante: como un sistema solar especular y en perspectiva, con su pequeño Júpiter y un pequeño Saturno. Me gustaría saber cómo es mi otra casa y como soy yo otra más pequeña allí, a casi 5.000 años luz de mi.

lunes, 25 de febrero de 2008

Las campanas son buenas para las neuronas


Jackson Pollock


Estoy en un lugar en el que cada cuarto de hora suena la campana--- como antaño: la campana lanza la vida al aire, te sujeta, te voltea, te vuelve a depositar en la tierra. No es normal hoy en día poder escuchar una campana, con un sonido tal que vuelve el tiempo transparente. Así pues deberé replantearme mi fortuna y reconsiderarla en el sentido más positivo.

Agradezco a la campana su compañía, su advertencia, porque venía esta mañana con disposición iracunda, casi decidida a vender el alma por muy poco, a caso por una palmadita en las espaldas. Total, alma se puede encontrar nueva en cualquier mercadillo.

Venía también con la cabeza apretujada de palabras de Cernuda. ¿Cernuda?, miro hacia el asiento de atrás en el coche por si acaso. Cada vez me trato más con los espíritus. Cernuda en las neuronas, bloqueándome sus versos las sinapsis. Freno de golpe. Cuidado: necesito las sinapsis de mi cerebro para conducir. Conduciré en adelante a toque de campana.

El tinglado de Internet fue entrevisto hace décadas por Vannevar Bush, un visionario, que describió un aparato, el Memex, una especie de primitiva Wipedia de los años 40 del siglo pasado, a base de microfilmes y palancas. Me acuerdo de él, porque gracias a Internet consigo quitarme el mono de Cernuda en cuanto llego aquí, al lugar de la campana ----> una web estupenda:


me sumerjo un rato en este enlace a la página dedicada a Luis Cernuda, donde se incluyen grabaciones de algunos poemas en la propia voz de Cernuda. Lo que me faltaba: atrofia total de las sinapsis.


Uff, la campana.
(p.d. ya me disculpareis si no comento mucho:) :)


martes, 19 de febrero de 2008

Los día sicilianos


Taormina

(Publicado en El Cronista de la Red, núm. 16).

Llegué a Sicilia como quien entra en una obra de Luigi Pirandello, mi tocayo. Una obra que deja de ser la que era para dar cuartelillo a unos nuevos personajes, huérfanos de autor, que no saben cómo terminar su historia por si mismos. Aterricé en Palermo sin maleta por obra de Alitalia. Y del destino, porque Alitalia no es capaz ni de montar la escenografía necesaria para una obra de teatro siciliana. El atrezzo lo empezó a construir el taxista que me esperó tres horas en el aeropuerto Falcone e Borsellino. El aeropuerto anda metido en plena renovación, con todas las tripas al aire, como si acabara de estallar una de aquellas bombas con las que años atrás esa tierra se llenó de terror. En medio del desorden aquel hombre redondo sujetaba uno de los típicos cartelones que hacen visible el nombre de la agencia de viajes en cuyas manos depositamos temporalmente nuestra vida. Qué temerarios somos todos en el fondo y qué confíados. Al gestionar el envío de mi extraviada maleta, me di cuenta de que no conocía la dirección del hotel al que debía dirigirme. Llegué a Palermo como un viajero de verdad, sin equipaje y sin ubicación.

No saber no siempre sale mal. El hotel estaba en el camino de Monreale y era una preciosidad, con una enorme terraza afrontada a las montañas. Otra cosa que no sabía era que el taxista conduciría, del aeropuerto a la ciudad, a mil por hora, pegado al culo del automóvil delantero, pasando y traspasando de carril constantemente, mientras gesticulaba muy divertido todo el tiempo y yo, pese al terror, no podía hacer otra cosa que reírme sobre aquella autovía tan estrecha y llena de hormigón por todos lados, que más parecía un túnel del lavado que carretera. Al final del túnel, Mimmo Cuticchio y el mar, pensaba yo todo el rato, porque una de mis ideas básicas para Palermo era comprarme una marioneta en este taller de fama internacional. Ruggiero fue la marioneta elegida ya de inmediato al día siguiente. Un personaje de la Opera dei Pupi, al que tuve que desmontar para meterlo en la recuperada maleta, cuando partí de regreso. Ya está muy bien y muy entero de nuevo en mi estudio. También compré un simplísimo y encantador teatrillo de madera allí, en el taller de Cuticchio, en Vía Bara all´Olivella, cerca del gran Teatro Mássimo, el tercero mayor de Europa dedicado a la ópera y en cuya escalinata muere Mary Corleone, al final de la tercera parte de El Padrino.

La noche anterior, nada más llegar a Palermo, estuve paseando por los Quattro Canti, la encrucijada barroca que anuda via Vitorio Enmanuelle y vía Maqueda, y vi también Piazza Politorama. Una visión inusitada de Palermo, casi sin automóviles. Toda la aristocracia palermitana pasó por estas calles durante siglos, sin apenas inmutarse ni moverse mucho, sólo para ir a Roma, Londres o París a las temporadas de música y a comprar ropa elegante. Sus iguales europeos y también muchos artistas e intelectuales vinieron tempranamente a Sicilia, a la Magna Grecia, el omphalos verdadero de Europa, antes de que Europa fuera germanizada y ordenada en cuadriculas por los seguidores de Lutero. Aquí en Palermo, Lutero ha debido de parecer siempre un demonio. Más que Mahoma. El paseo por Vía Tukory, - tras una infructuosa visita al Museo Internacional de Marionetas, en Vía Butera, la misma donde vivió Tomasso di Lampedusa después de la segunda guerra mundial-, me trajo añoranzas de Estambul. Pude, sin embargo, superar esta melancolía de mimbre antiguo gracias a los espléndidos mosaicos de La Martorana, ejecutados a mediados del siglo XII por auténticos artistas constantinopolitanos, que fueron traídos expresamente para tal labor. En La Martorana, o en cualquiera de las numerosas iglesias construidas y reconstruidas en Palermo, se puede descansar del trajín bullicioso de los habitantes de esta ciudad y de sus abigarradísimos mercados populares como Vucciria o Ballaro, en los que seguro que una pudiera haber desaparecido per secula seculorum amén, sin dejar el más mínimo rastro.

De todas formas, creo que no supe ver bien Palermo. Entendí más cosas luego, cuando ya no podía mirar. Y por Siracusa pasé muy deprisa. Este viaje a la Magna Grecia va a requerir de más aterrizajes. A Siracusa, claro, le envidié el mar yo, que vivo todo el año en la otra Zaragoza, la aragonesa. Y todos esos vestigios del pasado conservando todavía su propio espacio, y no como en mi ciudad, derruidos muchos sin piedad y otros disimulados en la amalgama del paso del tiempo. Siracusa es el epicentro de la Magna Grecia. Hasta la catedral sigue siendo todavía un templo griego literalmente. Nada ni nadie ha podido borrar el eco heleno de los nombres que aquí perviven: Dionisio, Geón, Hierón, Apolócrates, Agatocles, Aretusa … Di un paseo por la isla Ortigia, al mediodia, hasta la fuente de Aretusa, la náyade a la que persiguió Alfeo sin denuedo, empeñado en contradecir al nativo siracusano, Arquímedes, primero, al parecer, que fue en enunciar que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos. "Dadme un punto de apoyo y os levantaré el mundo", enunció Arquímedes, unos días después. ¿Para qué más? Así era la Magna Grecia, clara como el sol el día que estuvimos en Siracusa. Arquímedes murió en el sitio romano que acabó con el seny griego, pero no con la ciudad. Después de las calles luminosas de Ortigia, fortificada firmemente contra la piratería por Carlos V, comimos en un bello lugar con un fondo de mar sin límite, como a mi me gusta.

A Sicilia le ocurre un poco como a España: hija de cien mil leches: griegos, cartagineses, romanos, musulmanes, normandos, franceses, aragoneses, españoles… todos han hollado su estratégico suelo. Quizás de aquí provenga ese fatalismo tan literario que parece apoderarse de todas las visiones sobre la isla, incluida la más famosa, la de Lampedusa en El gatopardo: "Algo debe cambiar para que todo siga igual". Con tanta gente por allí constantemente, no es raro que Sciascia estuviera convencido de que "Sicilia es el mundo". ¿Para qué más? Pero sin embargo, Sicilia ha sido madrastra para muchos de sus hijos, abocados a la emigración, como si el irascible padre Etna no quisiera guardarlos a todos.

Yo también sentí el desamparo del Etna. El día que ascendimos a su cumbre se me rompía la garganta, como si me hubiera tragado un quintal de ceniza ardiente; tenía fiebre y la cabeza no me daba para mucho. Lamenté la tranquilidad del volcán. Quizás hubiera preferido no alcanzar la cima, y haberlo visto en plena actividad, como había estado unos días antes. Así no me hubiera sentido tan abandonada. Pensé en Empédocles, irreductible. Pero lo hice con la visión de Hörderlin y deduje que si me sentía tan lejana de todo allí, en el Etna, debía ser porque ya no tenía amor por las cosas, conversa a la secta de Empédocles como me había hecho en un tris tras, mientras subíamos en aquellos cuatro por cuatro colectivos para turistas, que son como gigantescos y prehistóricos crustáceos. Me preocupé aún más. ¿Cómo había llegado a aquel estado de desolación?. Hasta que recordé que a Goethe le gustó mucho Sicilia y me senté sobre la lava, al borde de un cráter humeante, mirando hacia el centro de la tierra. Todos paseaban ansiosos alrededor, a miles de clicks fotográficos de distancia. Cuando escuché desde el fondo del infierno la voz de Empédocles, le mandé a paseo y me quedé en paz.

Durante el descenso pude admirar la vista de Calabria al otro lado del estrecho y me sentí nueve veces reconstruida, como la ciudad de Catania, tras la furia del Etna. Tantas veces como los círculos del Dante. La última tras la tremenda erupción volcánica de 1669 y el terremoto de 1693, que fulminó a dos terceras partes de la población. La ciudad se empeña en conservar su pulcro barroco de tiralíneas, surgido, tras la catástrofe, a lo largo de treinta años de la mano del arquitecto Vaccarini. Su armonía estética, reconocida como Patrimonio de la Humanidad en 2002, parece hoy en día rota y puesta en entredicho por la ola encrespada de la inmigración, que callejea desaborlada entre los turistas: Catania, puerto de Europa. Catania es el presentimiento del fin de este imperio que nos fagocita. El Etna omnipresente.

Aunque, menos poderoso en Taormina. Pero también. Entre el volcán y el Jónico, Taormina es la perla azul de Sicilia, asomada al mar de Eneas desde la ladera del monte Tauro. Sobre la escena del antiguo teatro griego, que los romanos reconstruyeron restándole gracilidad, un guía local de la ciudad se empeñaba en explicarnos la diferencia entre el logos griego y la praxis romana. Aquel guía se sentía descendiente de los griegos y no hablaba muy bien de sus propios conciudadanos. No sé más. Confieso que yo miraba desde lo alto de las gradas al mar, ligada por un metafórico cordón umbilical a aquel paisaje que era el mío. Un paisaje que he reconocido siempre, desde las largas tardes estivales de la infancia atravesadas de cal. Hay colores que son nuestros ojos. El Corso Umberto I, calle antigua de época romana, está lleno de tenderetes bullangueros e imposibles. En la terraza interior de una de las cafeterías volví a encontrar a los puppi, apuntalados contra la pared: otro reclamo turístico. Al mirarlos aquel día, recordé que la tristeza, como la belleza de la naturaleza, cambia y es duradera.

En Taormina, me despedí de Agnello. Pero no quisiera recordarlo. La sombra de Agnello me había acompañado durante casi todo el viaje, desde que lo encontré en Segesta, al pie del templo griego, inacabado desde el siglo V antes de nuestra era. He querido pensar en él como quien fue: uno de aquellos exploradores y estudiosos de los siglos de oro italianos, que buscaban en las ruinas otras vidas y viejos lenguajes que les ayudaran a hablar de cosas nuevas. Lo pensé hermoso a Agnello. A imagen de alguno de los muchachos que conozco por la pintura italiana del siglo XVI, el siglo en el que vivió y casi con toda probabilidad murió. Mientras todo el mundo daba vueltas a las columnas, yo me senté junto a él y dejé que su silencio corriera las cortinas para mí.

Pasé el resto del viaje a solas con él, aunque en muchos momentos solamente se atreviera a seguirme en la distancia. En Selinunte lo vi descender por la colina hacia el mar, mientras yo hacía fotos a los templos. Me llamaba a gritos, con bellísimos apelativos a los que no estoy acostumbrada, y se empeñaba en invitarme a subir a una embarcación que, según él, andaba amarrada abajo en el puerto, al otro lado de la acrópolis. Pero yo no podía verla. Y no quise ir. Agnello mantuvo su enojo hasta Agrigento. Fue allí donde me dio a entender que él no saldría nunca de Sicilia, que si quería saber de él y ser por él amada debería permanecer yo también allí. Me hizo madrugar en el Valle de los Templos para ver el sol sobre la cúspide del de la Concordia,. Ese día le dije que no me quedaría, pues es evidente que no toda pasión puede cumplirse. Ambos lloramos largamente, sentados al pie del altar de los sacrificios del gran templo de Zeus, porque ni siquiera en Sicilia, donde todo tiempo anterior parece ser presente, es posible forzar la línea que separa las vidas y construye la historia.

Cuando tomé en Catania el avión de regreso lo hice a solas, todavía sin historia y sin autor. Pero con mi maleta. Y con Ruggiero desmontado.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Second life


Ilustración realizada para el relato "Second life" por Chema Lera, © 2007


El otro día hablábamos con Sonia R. Fides (y espero que no le moleste que lo mencione) de cómo todos podemos sentirnos viejos a cualquier edad. Este cuento que se publicó en El Cronista de la Red el pasado septiembre creo que se refiere en parte a ello. Por eso lo reproduzco aquí.



Y esta vez va dedicado a Lamia, que entendió muy bien éso y todo lo demás, y a Javier Torres, tierno cuidador y descubridor de mundos conectados: un sol.





Ya no soy la que era. En serio. No es una mera forma de hablar, una frase hecha. ¡Ah, ya sé, dirán ustedes que ese pensamiento está en boca de cualquiera que haya llegado a la treintena! Y se diría que yo la rebasé hace ya bastante tiempo. ¿Declararé mi edad? Ni yo la sabría, si no fuera por el esemese que el exmarido de la que fui me envió ayer, para fastidiar, entiendo. Ese mensaje me convirtió de repente en una anciana de más de cien años. ¡Qué cansancio y qué pereza! Hace unos días ella le hubiera respondido: ¡Que se te folle un pez, número equivocado! Y él hubiera mandado una de esas fotos de guarradas que almacena en la memoria. Y ella, después, hubiera acabado hecha unos zorros llorando a mares frente al espejo-cueva, y luego se habría levantado del sofá y estirándose bien la camiseta del pijama, hubiera cruzado el cristal y se hubiera preparado un mojito para que se le pasase el mal rato, tal como solía hacer al principio de su separación, cuando todo volvía a ser posible. El mojito, de todas las maneras, me lo preparé igual, según la receta que le recomendó a ella, en La Habana, Bernabé: de importancia extrema dejar reposar un tiempo prudencial la hierbabuena en el limón. Con Bernabé bailó, para darle celos a él –qué boba,- en Tropicana. Luego el barman bailarín le escribió en un cuaderno rojo la receta y le apuntó su dirección. Un recuerdo para toda la vida, si no fuera porque esa vida ya no es la mía. La receta del mojito, la dirección a la que no acudió, y el impresentable de su exmarido son de lo poco que me queda de la otra que fui antes de la transformación. Yo estaba tan bien, hasta ayer. Hasta el esemese de su exmarido acordándose puñeteramente de la fecha de mi cumpleaños, en plan llorica: hoy es tu cumpleaños y te echo de menos; tuvimos buenos ratos y no digas que no nos quisimos. ¡Ay, qué ganas de darle una buena bofetada! En plan llorica…, después de tantos cuernos y cuernillos y de haberla tratado como a una lámpara. Ella ya había restringido sus llamadas. Pero el colega se ha cambiado de móvil. Su mujer quizá se lo habría imaginado. Yo no lo esperaba y el mensaje me cogió brutalmente a traspiés, mano que cruza el espejo y tira de mí hacia el tiempo que ya no es, hacia lugares que caducaron. Pero la transformación no es reversible. Y toda transformación precisa espacio diferente y tiempo nuevo para encarnarse. Por eso el esemese de ayer me ha aterrorizado, porque yo ya no soy la que era. ¿Cómo leerlo sin estremecerme de espanto? No puedo atravesar el espejo hacia atrás. Si lo hago caería en un impresionante, infinito, interminable, innombrable agujero negro.

¿Qué cómo empezó el cambio? Un día que estaba tirada en el sofá, creo yo, hace un tiempo ya, un poco antes de que ellos se separaran. Miraba un programa de esos de reality en la televisión, porque era incapaz de ninguna otra cosa que no fuera pensar en que ya no conducía a ningún lado la vida con él y estaba muy triste, aunque supiera que necesitaba el cambio. Primero ocupé un lugar muy pequeño, en el rabillo del ojo, un buen sitio desde donde mirar sin ser vista. No quise asustarla al principio, ni que él se diera cuenta de mi presencia, pues temía que me aplastara de un manotazo y se frustrara la transformación. Lo más incómodo era la noche, las horas en que ella dormía, porque con los ojos cerrados yo no tenía mucho espacio y tendía a resbalarme hacia fuera, como una lágrima. Menos mal que no dormía tanto como yo ahora, que debo dormir un mínimo de nueve horas si quiero mantener impecables los efectos de la transformación. Al cabo de unos días supe que podía extenderme sin riesgo, por dentro de su cabeza, hasta el oído. Ya noté entonces que el proceso estaba en marcha y no tenía vuelta atrás, porque mientras desayunaba por las mañanas y, a toda prisa luego, hacía las camas, se duchaba, se vestía y se metía en el ascensor con el loro en la oreja, prestaba especial atención a la publicidad de Corporación Dermoestética; la veía mirándose al espejo del ascensor imaginándome. Así pude crecer y al cabo de dos semanas, más o menos, ya me había adueñado de su cabeza enteramente, su cerebro pensante/sintiente incluido. Había empezado a no ser la que era. Pero eso no quiere decir que fuera realmente consciente de lo que estaba sucediendo. Aunque es cierto que por aquel entonces comenzó a mirar de una manera diferente a los hombres por la calle. Y al mirarlos vio que a ella también la miraban más veces de lo que hubiera sospechado. Y algunos eran guapos y hasta jóvenes. Antes no miraba nunca al frente. Timidez, decía. Uno de eso días, al volver a casa y desnudarse para meterse en la ducha, mientras la observaba en el espejo del baño cómo recolocaba sus pechos, que ya tendían a no estar en su sitio de siempre, y cómo remetía el vientre poniéndose de perfil, fue cuando le dije: estás bastante bien, mujer. Su boca era mi boca, nuevamente dispuesta a la aventura y en las yemas de sus dedos noté mi piel de veinticinco años y atravesé el espejo. Aunque ya no soy la que era.

Han sido meses en los que yo y la que yo era hemos intercambiado secretos y sabidurías para poder llegar al final de la transformación en buenas condiciones. La oruga ya conoce cómo será la mariposa, cuando teje su crisálida. Meses relativamente felices, a pesar de que el exmarido es un pesado de tomo y lomo. Es lo único de ella que todavía me acobarda y me paraliza. El exmarido es un bobo, insufrible pero inofensivo. Un sinsustancia. Aunque ejercita una venganza insoportable. Lo hace como los niños, haciéndose el niño, con llamadas y mensajitos machacantes que terminan por ser intolerables. Y está claro que no me dejará en paz. Ayer tuve la certeza. El pulsa las teclas del teléfono y se pone en marcha una corriente eléctrica que me paraliza. Como también lo hacía en ella su voz arrebolada. Siempre la misma entonación, dedicada a desarmarla. Me protege el espejo, pero el espejo es frágil. Y aunque yo ya no soy la que era, ella sigue habitando en mí. Por eso es él todavía poderoso, aunque yo le desprecie, aunque ni huella quede de su aliento en mi piel renovada, transformada.

No hay, pues, más remedio. No elegí el camino de la transformación. Sucedió como en un cuento infantil, por suerte y por casualidad. Pero el guión exige ceñirse a la aventura y concluirla con valor, vencer el miedo y demostrar que siempre se camina hacia delante. Uno más uno, dos. No hay lugar para mirar atrás, bien cierto que es. No habrá más mensajes ni llamadas del dragón. Le hice un arreglito a mi cuerpo en el quirófano. Reuní la decisión de escribir a la dirección del cuaderno rojo. Ya sólo resta desconectar el teléfono fijo, cambiar de móvil, de correo electrónico y volar. Seré una mujer-pájaro y hablarán de mí todos los viejos conocidos con asombro. Es posible que en la dirección del cuaderno rojo no haya nadie. Lo sé. Y no es que importe mucho. Porque aunque palpo mi piel de veinticinco años, tampoco yo soy ya la que era. Al fin y al cabo tengo ya más de cien.

viernes, 22 de junio de 2007

Cambiar de vida*







El teléfono estaba abandonado sobre el banco de madera del vestuario. Cuando he salido de la ducha, ya no quedaba nadie. El altavoz anunciaba que el gimnasio cerraba en diez minutos. Así que me he dado prisa en vestirme, aún a medio secar, pensando en si la dueña del móvil alcanzaría a regresar a buscarlo. Es imposible que no se dé cuenta, me decía, de que lo ha perdido. Si suena, lo cojo, y a quien llame le digo que le avise de que lo dejo en recepción. No, no lo cojo, aunque suene. Tampoco llamo a ningún número de la agenda para que le digan, lo dejo en recepción y basta, a mi qué me importa si se da cuenta o no. Ya lo buscará. La noche es cálida, pero el pelo mojado me hace sentir un poco de fresco al salir a la calle. Un segundo más y no me doy cuenta de lo que en realidad estaba pasando. Pero al fin he llegado a tiempo de cambiar el móvil abandonado en el banco por el mío, justo unos segundos antes de que desde el baño haya oído a la otra, que ya ha empezado a ser yo, entrar en el vestuario apresuradamente y coger mi teléfono que he dejado en el banco blanco de madera, llevándome el suyo. En la misma puerta del gimnasio he sabido que ahora me llamo Laura. Me gusta. Y la voz de mi nuevo novio, también. Mañana he quedado a la salida del gimnasio con él. Así me acompañará a casa y sabré dónde vivo y poco a poco mi vida y la de ella cambiarán.




* Este pequeño cuento se lo he regalado al telefonólogo y hombre sabio, Javier Torres, que lo colgó hace unos días en su blog. Como el lenguaje está siempre vivo, he hecho unos pequeños cambios, pero esencialmente el cuento es el mismo que le regalé a Javier.


* La fotografía reproduce la copia romana de la escultura "Afrodita Cnidia" del griego Praxiteles, que la realizó en mármol, entre el 360 y el 340 a.d.C. (Munich, Glyptotheka )


sábado, 26 de mayo de 2007

Los bañistas






Sé que era ella. El color del pelo diferente. Las facciones algo más henchidas quizás. Han sido dos segundos. Eran sus ojos, de eso no dudo. Y era su gesto. Dedicado, en mitad de la inaudible conversación, al hombre que a su lado ascendía por la escalera mecánica, mientras yo descendía, bajando de inmediato la mirada para no tropezarme con el tiempo que ha pasado. El hombre, que ahora ascendía a su lado por la escalera del centro comercial, la acompañaba siempre por entonces a casa, al acabar las largas tardes en la piscina, a donde la venía a buscar tras el trabajo. Con el rabillo del ojo ambos hemos seguido las direcciones opuestas de nuestros pasos. Nunca diremos nada. Ni siquiera he pensando qué le habré parecido, pasando por encima de mi, de repente, su tiempo, el de ella. Escaleras del tiempo. Ella llevaba un peluche en sus manos, envuelto de regalo. Y yo la amé todas las tardes de aquel verano, en que la ayudé a aprender a nadar.




* La imágen es la de la pintura de Georges Seurat, "Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte" (1884-86). Óleo sobre lienzo.


martes, 15 de mayo de 2007

La explicación


He llegado a buena marcha hasta el final de la calle. Y eso que el final de la calle quedaba para mí en lo más lejano. Cerca de la orilla del parque, junto al puente que sobrevuela la autopista, un hombre vestido de pantalón marrón y camiseta verde ha estado mirando largo rato como temblaban las sábanas blancas tendidas bajo unas ventanas. Lo he visto mientras seguía hacia el puente que sobrevuela la autopista. Blanco de las sábanas sobre el gris y el rosa urbanos de un edificio al que este hombre que lo mira ha significado. Yo no hubiera visto las sábanas, por muy blancas que fueran, si el hombre de marrón y verde y deportivas azules no las hubiera estado mirando. Si han sido suyas las sábanas alguna vez en su cama, no lo sabré jamás. Ahora parecía un hombre huérfano de sábanas. He traspasado el puente que vuela sobre la autopista y he cruzado a la acera de enfrente. Regreso sobre mis pasos, pero el hombre sin sábanas ya no estaba mirándolas. Bajo el puente, una sábana blanca se aquietaba en la tarde sobre un perfil humano y el asfalto. He tropezado entonces y he tenido que detenerme para recolocarme la zapatilla que se me ha salido del pie, mientras las ambulancias y la policía a toda velocidad cerraban el paréntesis y, por eso, casi no te oía cuando me has llamado para recordarme que había que comprar pan.




* La imagen es de una pintura de María Teresa Larrain, titulada Ropa Tendida II y esta colgada en la web de la Galería del Cerro.

martes, 8 de mayo de 2007

Una vieja historia - y 2









Seguía sofocada y algo descontrolada cuando volvía a casa. Se había aventurado a la calle, tan insegura aquellos días, porque necesitaba comprar algún alimento. La comida todavía escaseaba y no era nada fácil encontrar ni siquiera un poco de pan o alguna legumbre. Estaba algo asustada todo el tiempo, pero, aunque su hermana Angelines, casada desde hacía un par de años, vivía cerca, prefirió quedarse sola en casa porque su cuñado no le gustaba demasiado, con aquel bigote pasado de moda y su olor cerrado a anís y coñac. Lo encontraba muy mayor. Recorrió varias tiendas del barrio e incluso se atrevió a llegar, no sin temor y mucha precaución, hasta la esquina de la Avenida de San José, a los ultramarinos de don Joaquín, donde una vecina le había dicho que tenían todavía patatas y algo de bacalao. Buscó comida para dos, porque sabía muy bien que los padres de Alonso, lo mismo que los suyos, no estaban en la ciudad. Aunque los hijos ya habían nacido en Zaragoza, las dos familias eran del mismo pueblo. Los padres de Alonso y Magdalena conservaban la costumbre de volver casi todos los años para ayudar en la siega durante unos días, los que podían, a los hermanos que allí estaban. La tierra seguía siendo para ellos la vida, algo mucho más seguro, después de todo, que el frágil trabajo de la ciudad. En aquella ocasión la sublevación militar les había pillado pues en el pueblo y de momento no había forma de retornar. ¿Por qué hacía aquello Magdalena? No se lo preguntaba en la mañana de finales de julio de 1936, cuando al regresar y encontrarse a Alonso Ríos, como suponía, en el rellano del segundo piso, donde ella vivía, le hizo simplemente una seña afirmativa con la cabeza y él la siguió dentro de la casa.

Durante varias horas no pronunciaron palabra. Magdalena recorrió el largo y oscuro pasillo hasta la cocina con el aliento denso de Alonso detrás de la nuca. Sin mirarle, dejó las provisiones sobre el mármol y atizó el fuego de la cocinilla que había dejado encendido. Puso un poco del escaso carbón que ya le quedaba para avivarlo. Alonso la seguía, con los ojos ligeramente entornados, desde el quicio de la puerta. Ella dejó sobre la mesa una olla, desparramó un puñado de lentejas y comenzó a separarlas de las piedrecicas y otras partículas que iban apareciendo entre las redondillas legumbres de diferentes tonos. Puñado que tríaba, puñado que caía ruidosamente en la cazuela. Parecía muy concentrada e iba muy rápido, como acelerada. Casi había terminado, cuando Alonso la alcanzó en dos zancadas y le besó en el cuello. En su estremecimiento Magdalena volcó la cazuela, derramando su contenido por el suelo. La ciudad estaba en guerra, el país estaba en guerra, pero el mundo acababa de empezar en la cocina de la casa de Magdalena. No sabía qué hacer y lloraba con mansedumbre, mientras Alonso la abrazaba por la espalda y la recorría, con sus manos grandes y ásperas de albañil, desde los muslos blancos hasta los pechos temblorosos, mientras ella lo deseaba tanto como deseaba no estar allí en aquel momento. Alonso la volvió hacia él y mordió sus labios, primero con suavidad, de poco en poco, al tiempo que le tarareaba al oído, embarrastronando la voz muy bajita, el estribillo de “los cuatro muleros” una y otra vez, buscándole a ratos el nacimiento del pelo donde dejaba con brevedad su boca húmeda y tibia. Ella iba enloqueciendo y él la sintió entregada, pero indefensa. Titubeó un momento. Luego calló y la beso muy largo en la boca, llevado ya sordamente por las ganas, desabrochándole con rapidez el ligero vestido de algodón, acariciándola sobre la enagua tan suave. La sentó sobre él con prisa, acomodados ambos en la vieja silla de enea, que había junto a la mesa. No quería interrumpir el juego para buscar el dormitorio. No quería separarla de su cuerpo ni un milímetro. Magdalena no dejó de llorar y no sintió casi nada, ni bueno ni malo, cuando él anduvo por ella adentro sin miramiento. No sabía muy bien qué pensar. Le dejó hacer. Estaba desconcertada y aturdida. Pero quería volver a comenzar porque ya echaba de menos el primer contacto eléctrico de la piel de Alonso y porque quería aprender a amarle hasta el final con la misma locura que la había vapuleado en ese instante inicial de la pasión.

Durante aquel verano, en verdad, ella aprendió a amarle y fue feliz. Durante aquel verano él fue enamorándose sin querer de aquella mujer, que ni le había preguntado por qué se había quedado a su lado, y fue feliz también, aunque había cosas de Magdalena que no acabaran de encontrar un sitio en sus entendederas. Aquella tarde de finales de julio, después de la comida, en la que no hubo lentejas y en la que no alcanzaron a hablarse todavía porque no hubieran sabido qué decir, volvieron a amarse, completamente desnudos, entre la penumbra buscada de la hora de la siesta, al margen del miedo que todos sentían en esos días, al margen de la historia, al margen de sí mismos. Durante el resto del verano no dejaron de amarse ni un solo día, con tan intensa dedicación que todavía veinte años después Sor María Magdalena veía pasar por su cabeza con total nitidez, escena a escena, entre salves y jaculatorias, azorada, atribulada de nuevo, con el corazón en la garganta y en las sienes, cada uno de los días que vivió junto a Alonso, quien apenas salió de la casa en todo el tiempo, de tal manera que sólo vivía para ella, entregado a la tarea de verla contenta y de inventar nuevos juegos amorosos para ella.

Durante el resto de aquel verano no dejaron de amarse ni un solo día y si no fueron completamente felices, con la felicidad de quien vive un único instante, de quien no acumula compromiso ni con su pasado ni con su futuro, no fue por la guerra, - cada día que pasaba más guerra y menos asonada de cuartel,- puesto que la guerra les brindaba la coartada sentimental y cierta que necesitaban; puesto que ellos contaban sus días en otro calendario. Fue porque Magdalena empezó a tener remordimientos, a pesar de la coartada, a pesar de decirse cada minuto que nunca había sido tan feliz. No eran remordimientos por amar a un hombre como Alonso, - tan alejado de sus convicciones y de su vida hasta ese momento,- pues, en realidad, le había amado toda la vida. Con esa contradicción desavenida habría podido convivir su alma de joven católica, al menos hasta que la pasión se amortiguara, hasta que se desvaneciera la satisfacción de la conquista. Los remordimientos venían respecto a ella misma, y, sí, por su muy aprendida fe religiosa y por el puño con que la amendrantadora educación moral que de sus padres había recibido la atenazaba de noche, hasta que conseguía dormirse. Porque, según iban pasando los días e iba adentrándose en las todas las formas del amor que le enseñaba Alonso, notaba crecer por todos sus poros lo que ella llamó, con gran escándalo de su confesor, el hábito de la concupiscencia, que la lanzaba en brazos de su amante, más que por amor, por el placer de sentirse a sí misma extrañándose en su propio deleite, tan ajena a todo lo que ella había sido hasta entonces que quizás empezaba a perderse un poco en el vértigo de esa libertad. Además, Magdalena siempre había sido un poco mística en todo. Pero su confesor no lo entendería en absoluto así, en aquellos tiempos de reafirmación a ultranza de la vida católica en la ciudad, y la conminaría con atronadoras amenazas para que pusiera final a pasión tan ignominiosa. La ciudad entera olía a incienso y resonaban a todas horas las campanas y las oraciones, las arengas y las banderas, que sólo descansaban cuando se anunciaba un bombardeo, que no siempre ocurría. En este mar, Magdalena nadaba a contracorriente. Magdalena había descubierto el amor a destiempo. La ciudad se había vuelto en contra suya y ella se angustiaba cada vez que salía a la calle, sola.

El día tres de septiembre Magdalena, por fin, confesó antes de la misa que en El Pilar se celebró al cumplirse un mes del milagro que dejó sin explotar las bombas arrojadas sobre el templo. Había gran gentío y después de la misa procesión solemne. Aunque Alonso nunca hasta entonces había querido tomarse muy en serio sus manías religiosas, como él las llamaba sin hacerles mucho caso, aquel día le pidió que no fuera a la misa ni a la procesión. Era como si la mujer que le amaba y a la que él, sin saberlo muy bien, amaba ya, también le estuviera traicionando. Porque casi todos los que iban a celebrar aquella dramaturgia podrían denunciarle llegado el caso, o incluso darle muerte, si en tal tesitura se vieran. Y si supieran que ella era su amante, también ella correría igual suerte. Una guerra es lo que es. Eso le dijo un momento antes de que Magdalena atravesara con su alfiler de nácar la mantilla de blonda con que cubrió su cabeza para salir. Y se lo dijo, más que por convencimiento intelectual de lo que expresaba por su boca, llevado por la desesperación que empezaba a sentir, pues cada día se había hecho más elocuente la tribulación de Magdalena, cada día se había hecho más claro que no tardaría en pedirle que se fuera. Alonso, como un niño grande que sólo quería conservar lo que le hacía bien, hubiera podido pasarse toda la guerra encerrado en aquella casa, cuidado y mimado por aquella mujer, amándola en un mundo sin raíces. Amándose ambos sin más. No sería posible. Como dejaron de serlo muchas otras cosas en aquellos días. Cuando Magdalena se alzó del confesionario, acunada por los cánticos de alabanza que hacían levitar la basílica entera del Pilar fue como si de un sueño pasara a otro completamente diferente. El mundo se abría a sus pies y un gran abismo negro y angustioso le atenazaba todo su ser.

Oyó misa, olió incienso y cera derretida, oyó cantos, oyó todo lo que andaba buscando oír para hacerse fuerte y echar de su vida a Alonso, para convencerse de que su amor no era bueno, de que era necesario huir de aquel recinto de placer y amor en que su casa y su alcoba se habían convertido en los últimos tiempos. Terminó de convencerse de que era culpable. Y Alonso, aún más culpable que ella, que le había amado con la pulcritud de la adolescencia y ni siquiera se atrevía al principio a mirarle abiertamente. El la había atraído hacia el pecado, la había encantado como una serpiente, se había aprovechado de su ingenuidad, de su amor por él. La había embrujado y no había sido más ella. Cuando terminó la procesión, bien entrado el mediodía, Magdalena era ya más Sor María Magdalena del Perdón que la muchacha que había sido amada al alba de aquel mismo día, por última vez, por el hombre al que ella había adorado en secreto desde que era una niña. Y no obstante, ahora, convertido terriblemente en su cabeza en un demonio que la aniquilaba, angustiada por la tortura de sus sentimientos, no hubiera dudado en empujarlo hasta la misma cárcel y echar ella misma los cerrojos y arrojar la llave bajo la corriente del Ebro, en su pozo más hondo. No regresó a su casa. Fue a donde su hermana y, llorando y entre ahogos, le contó durante toda la tarde sus andazas de las últimas semanas, como en un exorcismo.

Alonso fue inquietándose conforme pasaban las horas y Magdalena no regresaba. Estaba asustado porque, aunque la ciudad se había ido calmando en los últimos días, teniendo en cuenta las circunstancias, -y las circunstancias eran una guerra-, había calles donde sonaban los fusiles de repente, en las que cuadrillas de soldados o civiles arrastraban a algún preso, en las que se oían voces como truenos, en las que caía el silencio luego como una losa ante una cueva. Aquella noche, a primera hora, Alonso llevó a cabo el único acto de valentía de toda su vida, puesto que, despreciando el riesgo que corría, se lanzó a la calle en busca de Magdalena, lleno de angustia por su tardanza. Lo hizo sin pensar y sólo en ese momento de desconcierto, cuando su corazón marchaba a mil por hora, sintió de veras –como en un acto de revelación inconsciente- cuánto amaba a Magdalena, cuánto se le había enredado aquella mujer por los centros. Sabía la dirección de Angelines, la hermana de su amante, porque ella misma se la había hecho memorizar un día, por si acaso. Allí se fue, con la esperanza, no tanto de encontrarla en esa casa, como de que su familia le ayudara a buscarla. Sólo pensaba que alguien les había delatado y que la habían cogido presa. Alonso sabía lo que había sucedido, desde los primeros días de la sublevación con muchas mujeres, compañeras ellas mismas o esposas y novias de compañeros huidos de la ciudad. Llamó sin miramiento a la puerta de Angelines, quien le dijo sin tapujos que Magdalena estaba allí, que no quería verle, que le había contado todo lo que había pasado, que no le iba a dejar entrar, que él era un ruin, un sinvergüenza, un ateo sin moral ni sentimientos, que se había aprovechado de una pobre niña sola. Cuando Alonso intentó apartar a Angelines y colarse en la casa, se topó con el marido de ésta, que pistola en mano le golpeó en la cara y le sacó de un puntapié a la calle, y mira que no te denuncio, no sé por qué, pero lárgate aprisa porque a lo mejor todavía me lo pienso y mañana subes en un camión para Torrero.

Veinte años después, a principios de julio, Alonso Ríos había vuelto al barrio. Había enterrado a su madre en el mejor coche fúnebre y en la mejor tumba. Había mandando limpiar el piso, había llenado la despensa, y se había instalado solo en él, dejando a la puerta del edificio uno de los poquísimos automóviles que había por allí. Nadie le dijo nada. Fueron todos al entierro de la madre como a un acto oficial. Al cabo, Alonso era ahora un puesto importante del Sindicato del régimen y nadie podía negarle el derecho de volver a su casa, aunque hiciera años que apenas venía por allí, sólo alguna vez a ver a su madre, viuda ya desde el final de la guerra, si bien por causa de la enfermedad del corazón que padecía el padre de Alonso, que no aguantó el sufrimiento de esos años, el pobre, como decía su madre, Marcelina. Pasados unos días del entierro de ésta, los vecinos empezaron a acostumbrarse a tratar a Alonso con normalidad, por lo menos en su presencia. Si le criticaban, sería a sus espaldas, como a todo el mundo. Hasta el propio marido de Angelines, que lo había seguido viendo a veces todos estos años en el Sindicato, le daba conversación en la escalera, cuando iba con su mujer a casa de su suegra. Y eso que no le caía bien, como no caen bien los chivatos ni los delatores. El marido de Angelines había sabido hace años, pues todo se acaba sabiendo, que aquella noche, después de que él mismo lo empujó a la calle, Alonso no acudió a buscar refugio entre sus compañeros. Llamó a un sargento de la policía que conocía un poco por las manifestaciones, huelgas y otros asuntos de la federación y ofreció un trato. No quería salir de la ciudad. Era un cobarde. O quizás no podía pensar en alejarse tanto de Magdalena. No era capaz de entender que ya nunca la vería. Quizás, orgullosamente, no soportaba sentirse relegado, rechazado. Quizás no pudiera admitir aquel absurdo de la renuncia a un amor que empezaba apenas a crecer y que a él se le había quedado dentro, seguramente porque Magdalena era la única mujer que le había amado entregadamente, en serio. Quizás porque sabía que Magdalena le había querido siempre, a pesar de todos los pesares. Era necesario conservar todavía la esperanza de recuperarla. Algunos de sus amigos y camaradas sufrieron el precio de esta locura de amor, cuyo aliento todavía nublaba la mirada de Sor María Magdalena del Perdón, de letanía en letanía, mientras cosía camisitas para los niños del hospicio Pignatelli. Mientras estaba segura de que Alonso Ríos había vuelto a esperarla y que se quedaría pegado a la sombra de la curva de la escalera hasta que la viera ascender por ella.




*La imagen es una fotografía del Coso zaragozano en los años treinta.

lunes, 7 de mayo de 2007

Una vieja historia - 1







Hace pocó más de un mes la Revista Narrativas, conducida sabiamente por Carlos Manzano y Magda Díaz y Morales, me publicó este cuento. Sé que algunos lo leistéis allí. Os agradezco vuestra atención y vuestras palabras. He vuelto a acordarme estos días del cuento con cierta insistencia, no sé por qué. Así que lo recolocó ahora aquí y lo troceo un poco, en varias entradas, para que sea más liviana la lectura en pantalla.







A nuestras madres y abuelas







Cuando sor María Magdalena del Perdón escuchó de labios de su madre, Pabla, y de su hermana, Angelines, que Alonso Ríos había vuelto a instalarse en el barrio, en la misma casa de su madre donde vivió de joven, quedó primero demudada y blanca, mucho más blanca de lo que ya era su piel alabastrina, tan transparente que sus dos interlocutoras vieron con claridad cómo, enseguida, su sangre toda afloraba de golpe a la superficie de su cara, lo único visible que el hábito dejaba de su cuerpo, a excepción de las manos que aún eran las de una niña. Pero sor María Magdalena ya no era una niña.


Tampoco era ya una niña a finales de julio de 1936, aunque entonces tuviera apenas dieciocho años y un recuerdo muy nítido de Alonsito, aquel guapo crío moreno, de ojos azules y orejas ligeramente de soplillo, que llevó pantalones largos antes de hora porque le dio la gana y que vivía en el principal. A ella la hacía rabiar amargamente cada vez que tropezaban en el patio de entrada de la casa, levantándole las faldas y echando luego a correr. Cuando más se enfurecía era cuando Alonsito Ríos corría en dirección a la calle, porque allí, en la puerta, le aguardaba el grupo de granujas con los que se juntaba. Alonsito se zambullía en los brazos de sus amigos de un salto y se reía de ella, cerrando y abriendo las manos y extendiendo los dedos recontando las veces que ya había conseguido tocarle el culo. La niña que luego fue sor María Magdalena del Perdón no podía evitar oír cómo atronaban las carcajadas y los gritos de júbilo, mientras lloraba escaleras arriba y se detenía antes de entrar en casa hasta que el llanto cesaba, para no tener que pasar por la vergüenza de dar explicaciones. No lloraba porque Alonsito le hubiera levantado la falda y rozado las nalgas. Lloraba por la manera tan distraída y prepotente en que lo hacía, por la despreocupación con la que marcaba la muesca que contabilizaba la pieza reconquistada tantas veces. Porque Alonsito a ella le gustaba mucho y no quería que le gustase. Porque no dejaba de gustarle, a pesar de la humillación. Ya lo repetían ahora en la sala de visitas su madre y su hermana: ese hombre siempre había sido, desde pequeño, tan simpático como canalla y desahogado, un vivalavirgen sin remedio, un baldón para su familia y una pena muy grande para su madre, que nunca le cerró la puerta a pesar de las buenas razones que había tenido para ello. Y, aunque es cierto que con la guerra cambió bastante, a saber cuánto mal no habría dejado hecho los años de antes, sentenció doña Pabla. Un impío, sin duda, abundó Sor María Magdalena del Perdón, mientras procuraba recomponer el rostro circular y ocultar los recuerdos en lo más profundo de su corazón. Un mal hijo de Dios, añadió, que no es digno de que ni siquiera nos acordemos de él. Un ateo pecador. Y esos no cambian, madre. No me gusta que vengáis a esta santa casa con chismes de gente de semejante ralea, ofendemos al Señor con sólo mencionarlo. Doña Pabla atribuyó el enojo de su hija al decoro de su condición de religiosa. Pero Angelines, que sabía más y que había sacado el tema muy a propósito, también se alarmó ante la ira desentonada y ante la lividez arrebolada de su hermana. No pensó que al cabo de veinte años ella fuera a alterarse tanto con la sola mención de aquel nombre. Cambiaron pues de conversación, intentando ahora resolver con atinado criterio los dramas matrimoniales de la pobre prima Elvira, a la que Sor María Magdalena casi ni recordaba y cuya vida le movía compasión, aunque no comprensión, alejada como estaba de la suya propia en tanta y tanta disímil circunstancia: un marido flojo, decían, hijos, trabajos a destajo en porterías pobres y casas de costura, vida sin tiempo y poco alimento, que costaba mucho ganarlo en aquellos años tristes y embrutecidos de la posguerra. A su hermana Angelines la miraba con más atención y siempre le preguntaba por el cuñado y los sobrinos, que nunca iban a verla ya, porque los jóvenes, ya se sabe, andan a lo suyo, sobre todo si son chicos y mi Antonio tiene el pobre tanto quehacer, de aquí para allá, siempre con su camioneta. El niño mayor tenía ya novia, una chica muy formal y decente y muy cariñosa. Doña Pabla y Angelines habían escrito a la madre de la chica, viuda de guerra y dueña de una mercería, donde Isabelita, la novia, despachaba también, invitándola a comer un domingo a casa. Así que Antonio, hijo, e Isabel, en cuanto consiguieran el traspaso de un piso que esperaban, no lejos de la mercería, seguramente se casarían ya, porque el chico tenía igualmente buena colocación en el taller donde trabajaba. Casi nadie podía decir lo mismo en estos tiempos que vivimos, concluyó Angelines, antes de despedirse de su hermana, sor María Magdalena, en el patio de la entrada del convento: hasta dentro de quince días. Dios os acompañe.


Todos somos dueños de nuestro pasado, aunque a veces no lo parezca. Sor María Magdalena del Perdón había encerrado bajo siete llaves una buena parte del suyo. Sabía muy bien cómo tenerlo a raya. No sólo aquella parte de su pasado que el confesor hubiera reconvenido severamente. También las otras cosas, las que a pesar de toda la vocación con que vivía su vida de convento, le causaban un angustioso tedio interior, largo como la sombra de un ciprés y áspero como la lija con que fregaba la madera del suelo de la iglesia, cuando le tocaba, una vez a la semana. Siempre había solicitado los trabajos más duros, porque prefería el cansancio físico y la rutina conocida. También le gustaba mucho bordar y durante el rosario vespertino, que se dilataba en salves cuanto tiempo fuera necesario, cosía, junto a otras hermanas, canastillas de bebés y ropillas para niños más mayores del hospicio Pignatelli.


Después de la visita de doña Pabla y Angelines, Sor María Magdalena se dirigió al cuarto de costura a la hora acostumbrada, las cuatro de la tarde, y se acomodó en su silla, junto a su costurero, bajo la ventana que daba al patio de los magnolios. Hacía calor. Volvía a ser julio, veinte años después. Alonso Ríos subía la escalera con tanto sigilo y tan pegado a la pared enroñosada que, en la penumbra de la primera hora de la mañana, ella al principio ni se percató de él. Se lo topó de frente y, como ella estaba un escalón más arriba, quedaron mirada contra mirada un instante, hablándose casi boca contra boca al solicitarse mutuamente disculpas. Hacía un par de años que Alonso Ríos casi no aparecía por allí. Era algo mayor que ella y desde que había empezado a trabajar en la construcción se había ido alejando de la casa paterna poco a poco, viviendo su vida a su manera. Ahora era un hombre joven, bastante guapo y más inconsciente, como siempre lo había sido. Se había convertido al anarquismo picado por aquella parte fácil del amor libre entre unos y otras y sin tramoyas sociales, como le insistió a ella durante aquellos días tantas veces, y también porque en la construcción en Zaragoza se trabajaba poco, si no se era del sindicato. Con pasmosa facilidad había sustituido en su jacarandosa cabeza la creencia en la vida eterna de su educación infantil por la fe en la posibilidad de un paraíso libertario, que a él se le antojaba la más perfecta felicidad, ya que eliminaba en su cabeza cualquier idea de responsabilidad individual por su parte. Su futuro comunismo libertario era algo así como un mundo infinito por el que transitar trabajando poco, disfrutando mucho y gozando con muchas mujeres de razas diferentes. Su teoría era que como entonces todo el mundo habría de ser igual, todos tendrían que trabajar y por lo tanto cada uno tocaría a mucho menos trabajo que ahora, cuando había tantos y tantos que arrimaban poco el hombro y algunos más bien nada, nada. No pensaba más. Pero Alonso Ríos caía en gracia, con la gracia de los desvergonzados, y en el sindicato preferían dejarle a su aire. No podían contar con él para un compromiso serio y constante, pero nunca se negaba a colaborar en las acciones para las que fuera requerido, desde la organización de una huelga, - aunque no le gustaban luego los enfrentamientos violentos,- hasta el reparto de octavillas, o cuando había que tratar con algún personaje incómodo o peligroso. El vivía permanentemente como en una película de aventuras, que eran las que más le gustaba ir a ver al cine, cuando tenía dinero para hacerlo, especialmente al Monumental Cinema, que había abierto hacía ahora tres años y era, desde entonces, su preferido por las sesiones dobles y a buen precio. Con el imperturbable arrojo característico del que no analiza el alcance de sus acciones, acudía esa mañana, en la que se lo encontró Magdalena en la escalera, a la casa de sus padres, creyendo que ellos le protegerían y le ocultarían. Llevaba diez días de escondite en escondite, cada vez más incómodo y cabreado. Quería estar tranquilo, aguardar sin tanto sobresalto a que pasase esta tormenta de verano. No había intentado, como la mayoría de sus compañeros que conseguían escapar a la represión de los sublevados, salir de la ciudad para alcanzar las columnas que, se decía, venían desde Barcelona. Como muchos, al principio, estaba convencido de que aquella algarada, decía, de los militares terminaría pronto y, de alguna manera, con un acuerdo entre unos y otros contendientes, - al fin y al cabo burgueses todos, como bien repetía Blas Antunez, uno de los líderes de su federación,- para seguir jodiendo a los de siempre. Por otra parte, lo de luchar contra un ejército y pegar tiros no le atraía lo más mínimo. Durante aquellos días, Magdalena le dijo una vez que más parecía un gachupino hijo de papá, de esos que acuden todas las tardes al baile del restaurante Ruiseñores, que un obrero de la construcción crecido en aquella calle del barrio de San José, en la que se habían vuelto a reencontrar. Magdalena pidió perdón y, aunque lo reconoció al instante -¿cómo no iba a hacerlo?- echó escaleras abajo atropelladamente, muy nerviosa, recordando de golpe todas las veces que Alonso Ríos le había tocado el culo.(...)







* La fotografía corresponde al Paseo de la Independencia de Zaragoza en una la época aproximada en que transcurre el relato