“La ciencia es la observación de las cosas posibles, ya
sean presentes o pasadas. La presciencia es el conocimiento de las cosas que
pueden ocurrir en el futuro, aunque sea lentamente” (Leonardo da Vinci)
A la hora en que
murió Leonardo da Vi nci yo comía un bocadillo
en la Galería de los Uffizzi con una cerveza.
Escuché la noticia
a otra turista, que andaba para atrás sin dejar de hablar.
Y le chisté. Y la
llamé loca y mentirosa.
Pero Da Vi nci había muerto, sin que sirviera de nada mi
devoción por la Última
Cena de Milán o la Adoración inacabada de los Reyes Magos
A los perpetuadores
de códigos: no os lo perdonaré nunca.
Amé a Leonardo.
Le seguí amando aun
después de descubrir al amanecer, en la Toscana, la simpleza del misterio del sfumatto, contra los cipreses azules y
las torres fortaleza de San Giminiano, sobre mis lágrimas.
Y le amo ahora que
lo han asesinado, como a todos los
librepensadores les sucede tarde o temprano: en hogueras de dólares y de
celuloide, empaquetado en la saliva de la Gorgona y del proceso digestivo de
los rumiantes.
Amé a Leonardo, a
pesar de que hacía autopsias y de que él a su vez amaba los cadáveres. Como
Miguel Servet,
el ciclotímico
criado por las monjas de Sijena, a quien Calvino aborreció más que a Dios. Y
acabó matándole.
La raíz de la
sabiduría está en la
muerte. En entenderla.
¿Quién la entiende?
Amé a Leonardo
porque durante quinientos años ha encandilado a toda la humanidad con una sola sonrisa
sin importancia, como una nube. Porque supo adueñarse de esa sonrisa en un
toque único de óleo y color en la comisura de los labios, como una babita de
niño.
Le seguí amando.
A los voceadores de
códigos: la muerte no es sólo un
espectáculo. No os servirá negaros, y entonces lo entenderéis.
Cuando murió
Leonardo da Vinci, en Francia, en la corte exquisita de Francisco I, el enemigo
de Carlos V, el emperador,
yo estaba frente a
su casa italiana, aguardándole, echándole de menos desde el aciago día de la
caída de Roma.
Él sabía dibujar el
tiempo en forma de multitud de variaciones de ondas, de caracolas, de hélices,
ruedas y tuercas, de peinados preciosos e infinitos para aquella mujer,
siempre la misma,
que le ayudaba a descansar cuando sus máquinas le comían los huesos,
aquella mujer
que tenía cuerpo de animal y le sonreía como un hombre.
("Hélices", poema incluido en Las esquinas de la Luna. Ed. Eclipsados, 2009)
2 comentarios:
Ya lo dije y lo repito: me encanta this poem.
Besos
Uno de mis poemas favoritos forever and ever, you know.
Besos
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